miércoles, 14 de agosto de 2013
Verte hoy me ha devuelto la vida.
Hoy verle me ha dado la vida. Con la angustiada llamada de teléfono de esta madrugada creí que había llegado el momento que tanto temíamos, la despedida final, pero mi querido abuelo es fuerte como un roble. Ojalá me pareciera más a él. Le admiro en la misma medida que podría admirar a Einstein o Nietzche o Chaplin si fueran mis abuelos. O quizá más. No quizá no. Estoy segura de que es imposible admirar más a una persona. Y no sólo le admiro sino que le quiero con toda mi alma. No podría querer más a Nietzche o a Einstein o a Chaplin como le quiero a él. Marcelino se llama. ¡Qué gran nombre para un gran señor! Un aragonés de los pies a la cabeza, con el alma llena de ternura y en la boca siempre palabras de amor incondicional a sus hijas y a sus nietas. Doy gracias a Dios por habérmelo regalado durante los años más maravillosos de mi vida. Él la hizo mejor sin duda. Él la llenó de valores y lo sigue haciendo. Querido abuelo, eres lo mejor que me ha pasado, lo mejor que la vida ha podido regalarme. Te quiero mucho y verte hoy me ha devuelto la vida.
martes, 13 de agosto de 2013
A las 7 y un minuto.
Cada día bien temprano pongo a punto los relojes del bar. Y es que la espero impaciente. Ella es como un clavo. Todas las tardes busco la excusa perfecta para mirar por la ventana del bar en el que pierdo mi tiempo cuando no estoy estudiando Medicina. Hago como que me pongo a limpiar los vasos y enciendo el modo piloto automático y como un robot friego y seco, friego y seco, con la mirada perdida más allá de la ventana. Entonces a las 7 y un minuto mi corazón se acelera. No lo noto palpitar hasta que no llega esa hora, el resto del día está muerto. Oigo pasos. Me preparo. Mis ojos la buscan en la calle y se desesperan y ahí la veo tras el cristal. Tarda en cruzarlo 5 segundos. 5 gloriosos segundos en los que se para el tiempo y mi respiración y lo demás no importa en absoluto. Es la chica más bonita que he visto jamás y sin duda la más intrigante, siempre sumida en sus pensamientos. Todos los días siento que voy a explotar de felicidad, voy a echar a correr tras ella y la voy a besar como si no hubiera mañana. Pero no. Me quedo clavado en mi puesto una vez más, incapaz de hacer ningún movimiento. La quiero. No sé por qué pero la quiero. Y sé que un día reuniré el valor necesario para salir tras ella y entregarle cada milisegundo de mi vida.
Tú y tú.
Muchas veces apareces en mis sueños y no me queda más remedio que dejarte entrar. Te paseas por ellos a tus anchas sin importarte cómo se me acelera el corazón tras los párpados y aún con todo tengo que dejarte pasar aunque tengas la entrada restringida. No te puedo negar nada, a ti no. Consigues que sienta que me flaquean las piernas cuando te tengo cerca en ese rincón favorito de mis sueños. Consigues que todo lo que me ha costado tratar de ignorarte se haga añicos, se esfume como el humo del tabaco. Tú y tus malditos ojos azules. Tú y tu maldita sonrisa encantadora. Tú y tu admirable aire misterioso. Tú y tú y tú. Siempre tú. Qué tortura. Y qué gran tortura hacer como si nada después. Qué tortura sorprenderme siguiendo cada uno de tus movimientos y apartar la mirada para evitar a toda costa encontrarme con la tuya.
El grupo XXI.
Ellos también querían formar parte de la historia, de esa historia reservada a unos pocos, olvidada en los libros, la que surge de las proezas creativas y no de la pluma del vencedor de la guerra. La misma que se había forjado en espacios clandestinos a lo largo de los siglos. Ellos no eran menos. Eran "El grupo XXI" en referencia al siglo en el que desarrollaron toda su actividad. Aprovechaban la oscuridad y quietud de la noche cerrada para reunirse en sitios secretos para escribir, conversar de los temas más candentes, de ciencia, medicina, arquitectura.., y de los olvidados pero no menos importantes y sobre todo para hacer música, la pasión que los unía. Trabajaban con fervor y se guardaban muy mucho de hablar de sus salidas nocturnas. Cuidaban al extremo cada detalle conscientes del valor de pertenecer a ese grupo y custodiaban sus documentos y creaciones como si se tratara de mercancía ilegal que debía permanecer oculta para que no les fuera arrebatada. Buscaban nuevos conceptos, nuevos temas, nuevas armonías en clubes de todos los contienentes, componían mezclando en sus obras códigos cifrados para que se preservaran en el tiempo y fueran descifrados únicamente por aquellos que verdaderamente pudieran reconocerlos y valorar las obras en un futuro. Eran jóvenes artistas que de día tenían una apariencia muy normal, que pasaba desapercibida y de noche escribían el avance, el progreso.
lunes, 12 de agosto de 2013
El balinés.
Mi mente arrugada aún conserva nítidos recuerdos de mis espléndidos años de juventud.
Aquí sentada en un cómodo butacón con mis agujas de punto en mano tejiendo una hermosa colcha para mi nietecita me asaltan las aventuras vividas en Bali. Es curioso cómo hace mella lo vivido, cómo están impresos esos recuerdos en la memoria, intactos, igual de intensos que entonces.
Recuerdo bien aquella expedición. Por aquel entonces yo era una muchachita bien educada, de buenos modales, culta y aventurera, cosa que me habían permitido mi origen de alta cuna británica y una buena hacienda. No quise desaprovechar la oportunidad de viajar a Bali con mi padre, los hombres que lo acompañaban para estudiar el comercio y las oportunidades de negocio en esas tierras y mi anciana ama de cría.
Recuerdo aquellos parajes tan salvajes como sus gentes despojadas de todo lujo e incluso de una vestimenta apropiada. Recuerdo también cómo me impactaron sus ritos mortuorios, sus ideas primitivas, la sumisión de sus mujeres por cuya erradicación luchábamos en Occidente con uñas y dientes…
El primer contacto que tuve con un balinés fue al bajar del barco y ser recibidos por la comitiva portuaria del gobierno británico allí asentado. Entre los miembros de esa comitiva se encontraban dos traductores balineses que no entendieron por qué los demás hombres me saludaban con el mismo respeto que a mi padre. Supongo que también les sorprenderían mis ropajes, el corsé que me dificultaba la respiración, mi blusa pomposa de encaje, mi larga falda, mi elaborado tocado y mi quitasol.
Todo allí se me hizo muy duro. Echaba mucho de menos mi vida en la civilizada Inglaterra, mi hogar y las costumbres remilgadas.
Pero lo olvidé en cuanto llegamos a los “jardines selváticos”, así los llamaba mi padre pues apenas sabía pronunciar su nombre en el lenguaje nativo. La intensa humedad me sofocaba y las ropas bañadas en sudor se me pegaban al cuerpo. El moño deshecho y los mechones de pelo me agobiaban y a esa irritante sensación se sumó el murmullo incesante de los hombres de mi padre hablando de relaciones políticas y comerciales entre el Viejo Mundo y aquellas islas. Mi ama de cría se había quedado en la embajada porque a su edad y a sus achaques no les hacía ningún bien tanta humedad así que no había nadie que me prestara un mínimo de atención.
Aprovechando la distracción de los demás me escurrí entre los árboles frondosos para liberarme del corsé y encontrar alguna fuente en la que refrescarme. No tuve que andar demasiado para llegar a oír el susurro de un arroyo y de un salto de agua. Me puse en marcha hacia el origen de aquellos sonidos extremando el cuidado para no resbalarme por el musgo crecido en las rocas que salpicaban el camino y cuando me iba a deshacer del último arbusto que se interponía en mi búsqueda del agua una visión extraordinaria me paralizó.
Nunca antes había visto un cuerpo tan bello, de piel oscura. Aquel muchacho había llegado al arroyo con la intención de deshacerse de aquel calor bochornoso, como yo. Pero algo me impidió moverme de entre los arbustos. Noté cómo se encendía algo en mi interior que impedía a mis ojos despegarse de las gotas que resbalaban por su espalda desde su cabello negro como el ébano. De ese mismo color eran sus ojos en contraste con sus dientes perlados y perfectos. Nunca había visto tanta perfección al natural. Sentía las mejillas ardiendo y el pulso acelerado y de repente recordé que aquel maldito corsé no me permitía el lujo de hiperventilar ante aquel monumento balinés.
Entonces la inoportuna voz de mi padre gritando mi nombre me despertó de aquella ensoñación y también sobresaltó al balinés que me fulminó con la mirada antes de que yo desapareciera de nuevo entre la espesura.
domingo, 11 de agosto de 2013
Hoy quiero ser pirata.
Alguien cantó una vez que "la de un pirata es la vida mejor". Pues eso es lo que quiero ser hoy. Sí señor. Hoy quiero ser pirata y surcar los mares de mis sueños como si no hubiera mañana. Quiero descubrir botines y enzarzarme en luchas sin fin, perderme en bellas y peligrosas islas vírgenes y caer derrotada junto a la hoguera después de una noche de sexo y buen ron.
viernes, 9 de agosto de 2013
My reflection.
Casi siempre que me siento frente a una ventana tengo la tentación de mirar por ella para descubrir qué se ve tras el cristal pero siempre se interpone el reflejo como queriéndome mandar alguna señal o advertirme de algo. Entonces me convierto en espectadora de la vida y a menudo siento que la realidad que se proyecta en él me dice cosas que me pasan desapercibidas. Son como dos mundos paralelos que se ignoran por completo, que transcurren simultáneamente pero sin pararse a pensar en la existencia del otro. A menudo andamos por las calles mirando a través de los cristales para descubrir fantásticos escaparates pero pocas veces nos paramos a mirar el reflejo. Y entonces ocurre ese extraño fenómeno por el que nos quedamos atrapados, hipnotizados, mirando el cristal y la verdad que en él se refleja. Todo cambia cuando nos vemos reflejados en el cristal. Se nos pone cara de pez. Yo me he encontrado hoy con mi reflejo y la verdad es que no esperaba verme así. Ha sido un impacto total ver cómo aquella chica de 23 años me devolvía la mirada sentada en una cafetería perdida en sus pensamientos, cabizbaja y sin brillo en la mirada. Era un reflejo tenue, desdibujado, triste. Lo cierto es que no me recordaba así. De verdad que no. Pretendía ser una chica con expectativas y ganas de lucha pero no sé en qué me he convertido. En algún momento me ha parecido ver que mi reflejo trataba de hablar pero algo se lo impedía, quizá sus fríos labios de cristal no podían despegarse. En realidad no han hecho falta las palabras. La he entendido a las mil maravillas porque he visto mi miedo en sus ojos. Demasiado para ser un simple y tenue reflejo. Con un leve asentimiento le he prometido cambiar.
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