domingo, 30 de enero de 2011

¿Y si me pasara esto?

Sábado por la mañana.
Desperté sobresaltada de una terrible pesadilla. Mi corazón palpitaba a una velocidad increíble y notaba un sudor frío en la frente. Soñé que me habían arrancado los ojos y mi mundo había ido oscureciendo poco a poco. Rápidamente me llevé las manos a los ojos como si se tratara de un acto reflejo. ¡Qué alivio! Noté su presencia bajo mis párpados. Abrí los ojos. Todo estaba oscuro. ¡Qué raro! No sería mucho antes de las nueve, y no recordaba haber bajado la persiana...
Me incorporé. A tientas busqué mis gafas, como de costumbre. Me las puse y dirigí mi mano hacia el interruptor de la luz. Lo pulsé pero todo seguía oscuro. “¡Bueno!”, dije, “¡Ahora se ha ido la luz!”
Me levanté. Busqué el pomo de la puerta entre tropezones y golpes. Al fin lo encontré. Abrí la puerta. Todo seguía oscuro. Angustiada llamé a mis padres. Nadie respondió. “Estarán comprando”, pensé. Fui hacia el salón. El pasillo me pareció que duraba una eternidad. Y nunca me había percatado de lo frías que estaban las paredes. Llegué por fin. No había ni un ápice de luz y me extrañó porque desde la terraza se ven las farolas de la calle. Volví a pulsar el interruptor pero nada cambió. Fui hacia la terraza y mi cara quedó estampada en el frío cristal. “¡No puede ser!”, pensé, “aunque estuviera oscuro siempre podría distinguir la silueta de las cosas”. Di unos pasos hacia atrás y me caí. Había tropezado con el taburete del piano y al caer me agarré a lo primero que pillé. Golpeé con la mano derecha las teclas del piano haciendo sonar un estruendoso y disonante acorde. ¡Oh, no! ¡Cómo podía ser tan patosa! Maldije por lo bajo. Tenía la espalda dolorida y el golpe debía de haber sido fuerte porque oí a un lado la voz asustada de mi hermana pequeña: “¡¿Qué pasa Ana?! ¿Estás bien?”
“Sí, sí”, respondí malhumorada.
“¡Vale, vale, perdona!”, respondió mi hermana algo dolida.
“¿Quieres encender la luz?”, pregunté intentando suavizar la voz.
“¿Para qué?!” me respondió. Me quedé sorprendida.
“Hombre Cristina, creo que está claro, ¿no?”
“¿Cómo?”
“¡Déjate de rollos y enciende la luz!, pregunté perdiendo el control.
“¿Pero para qué si es de día?”, exclamó casi riendo.
“¿Me estás tomando el pelo?”
“No”, me dijo muy seria.
“Y entonces, ¿por qué no veo nada?
“¿Cómo que no ves nada?”
“Como que no veo”.
Se hizo un silencio incómodo. Luego nos empezamos a reír y cuando aquello dejó de tener gracia, mi risa se tornó en llanto interno y lágrimas silenciosas. No soportaba aquello. ¿Qué me estaba ocurriendo? El dolor de la espalda me hizo reaccionar. Notaba la presencia de mi hermana, pero me sentía sola e indefensa en un mundo que era totalmente desconocido para mí. Mi hermana estaba alterada y confusa, casi lloraba. Intenté controlarme para no disgustarla y la mentí. “¡Cris, que es una broma!”
Fue lo más estúpido que podía haber hecho; pero no se me ocurría nada mejor. Nunca la había visto tan preocupada. Supongo que por su mente pasarían miles de cosas y pensamientos. Traté de dramatizar exageradamente la escena; para que ella misma se riera o hiciera algo que me permitiera tener algo de ventaja y buscar una solución. Entonces, y aunque no fue lo mejor, se fue a la cocina enfadada por mi ridícula actuación. Eso, a pesar de todo, me alivió un poco, porque ahora no me veía en la necesidad de fingir. Pero ahora si que me sentía sola y perdida. La mentira me ayudaba. Me calmé y como siempre hago cuando estoy enfadada o triste, me puse a tocar el piano. Me sabía la partitura de memoria, por lo que recordar las notas no supondría un obstáculo. Poco a poco y con suavidad fui acercando mis manos al teclado. Realmente estaba desorientada y eso me aturdió un poco. Sin embargo, intenté localizar el do central. Su sonido es fácilmente reconocible. Y a partir de ahí me coloqué en posición para empezar. Noté cómo mis manos se deslizaban solas por esa alfombra dicromática... Por fin un rato de tranquilidad. La música me absorbió por completo... Pasamos a formar un solo universo y todo era perfecto. Me escocían los ojos de llorar y decidí no pensar... Todavía podía recordar la posición de los objetos en mi casa. Eso me tranquilizó aún más. No sentía nada. De repente, mis dedos se bloquearon. No conseguía dar la nota siguiente. Tardé un buen rato en encontrarla y perdí por completo el hilo de la obra. Me enfadé y golpeé el piano, descargando toda mi frustración sobre él. Volví a llorar. Acudí a Dios pero no le encontré o quizá no quise encontrarle. Yo seguía allí sola. No me quedaban más lágrimas, ni tampoco fuerzas para llorar. Resignada, intenté calmarme. Me levanté. Me apoyé en la suave textura de la tela del sofá. Me senté y con una voz ronca y ahogada; que intenté en vano disfrazar; pedí a mi hermana que me trajera el discman porque yo no sabía dónde estaba. Ella accedió. Lo cogí con cuidado. Noté sus botones y el cable de los auriculares. Lo seguí hasta sus extremos y me los coloqué en los oídos. Recordaba la posición de cada uno de los botones o por lo menos de los más imprescindibles. Lo puse en marcha. De nuevo se creó ese magnífico universo entre la música y yo. Cerré los párpados doloridos. Subí los pies al sofá y me di con lo que parecía ser un pico de la cubierta de un libro. Lo cogí. No era un libro. Supuse que era un cuaderno cuando palpé las anillas. De ellas sobresalía un lápiz encajado. Lo cogí. Abrí el cuaderno. Noté la suave superficie de las hojas. La música sonaba en mis oídos. Cogí el lápiz y lo empecé a deslizar por la hoja al ritmo de la música. Y creé dibujos que sólo podía descifrar mi imaginación y me sentí feliz dentro de lo posible. Me pesaban los párpados... Poco a poco caí rendida al siempre suave regazo del sueño...
Algo me zarandeaba... Era mi madre. Abrí los ojos y por fin lo vi todo. Aquella sensación de haber nacido de nuevo era increíble. Me levanté de un brinco y de mis manos cayeron un lápiz y un cuaderno. Recordé. Lo cogí, le di la vuelta y vi unos garabatos que se asemejaban a una flor y unas palabras que decían: “Es sólo un sueño”. Y empecé a reír.

Me pasó de verdad.

El sábado pasado me pasó algo increíble. Todos los integrantes del club de Ajedrez fuimos a un torneo que se celebraba en el Retiro. Una vez allí, un perro labrador precioso se acercó a mí y me olfateó. Yo le acaricié. Su pelaje era muy suave y me quedé con algunos pelos entre los dedos. Para quitármelos me sacudí en la ropa y fue entonces cuando me di cuenta de lo suave que era la textura de mi camiseta. Entramos en la sala y nos sentaron con nuestros respectivos contrincantes. Me dirigí hacia mi mesa y allí, sentado con la mirada fija en ninguna parte y una sonrisa en los labios, se encontraba el que sería mi contrincante: un hombre no muy mayor, de pelo castaño y cara redonda. Yo le saludé. Él me devolvió el saludo con aquella sonrisa agradable que se dibujaba fácilmente en su rostro; pero no me miró. Me senté. Deslicé una mano temblorosa por el tablero, saboreando su lisa superficie y coloqué las piezas; me sentía como un rey insuflando valor en los corazones de sus caballeros antes de la batalla. Cuando terminé me quedé esperando para ver si movía él. Pero no hizo nada. Yo me sentía un poco incómoda. Como es mi costumbre comencé a mirarme las manos; de ahí mi mirada se posó en el tablero y luego en un tablero más pequeño que había al lado. Estaba agujereado. Pensé que era un nuevo modelo para campeonatos y no le di más importancia. Entonces se me ocurrió decir: ¿Empezamos ya? El hombre se sobresaltó y dije apresuradamente: ¿Si le parece bien? Y él respondió: Sí, sí, claro... Vi cómo bajaba su mano hasta el tablero agujereado, tanteaba las piezas y sin ninguna vacilación movió el peón de dama a su correspondiente casilla y lo encajó perfectamente. ¡Así que era eso! Era ciego. Aquella situación era totalmente desconocida para mí y aunque me chocó mucho intenté actuar con normalidad. La partida se desarrolló como cualquier otra. De repente, noté algo que me rozaba las piernas. Miré hacia abajo y reconocí al perro labrador de antes, estaba justo debajo de su dueño y empujaba una silla contra mí. Creo que era para distraerme y no sé si fue por eso; pero, efectivamente, perdí la partida (era de esperar). Al finalizar la partida le di la mano y le felicité. Me levanté y me fui. Mientras caminaba me di la vuelta y vi que aquél ciego manifestaba su victoria acariciando suave y cariñosamente al perro. Sonreí para mis adentros y pensé en lo admirable que es vivir sin el sentido de la vista del que tan poco prescindimos y ver la vida desde una oscuridad que no es tan profunda y que tiene otras pinceladas de color, otros matices y otras muchas sensaciones.
Llegué a mi casa e intenté hacer cosas con los ojos cerrados. Descubrí que al principio cuesta adaptarse a ello; pero al final te acabas acostumbrando y aprendes a valorar las cosas de otra manera.

HÁBLAME DEL MAR MARINERO

Una extraña costumbre en que me inició mi querido abuelo cuando yo era pequeña consistía en cerrar los ojos sentada en la fina y cálida arena del mar para saborear cada segundo de vida que quedaba atrapado en ese momento. En cierta manera podría decir que aprendí a agarrar el tiempo entre mis dedos y a obligarlo a ralentizarse.
Sin embargo desde que el tiempo dejó de transcurrir para mi abuelo me aparté de todo aquello que me recordaba esos buenos tiempos. Me fui a vivir con mi tía a la ciudad pero la pobre no podía permitirse pagarme una buena educación; algo que yo ansiaba enormemente. Así que decidí arriesgarme y sabiendo que mi tía podía seguir ofreciéndome cobijo, a los dieciséis años empecé a trabajar como camarera en un conocido pub. Sin embargo, no conseguí hacerme con aquel ambiente y lo poco que había ahorrado no era suficiente para entrar en el mundo “académico”. Desesperada me arrojé a los brazos de la auto enseñanza. Compré todo tipo de libros para instruirme en cultura general. Empecé a escribir un diario, recuerdo la textura de sus páginas amarillentas y el sonido de la pluma rasgando el papel y viendo que la redacción no me suponía grandes esfuerzos y que podía desenvolverme con facilidad decidí lanzarme a escribir mis propios relatos. Volví a comprarme libros pero esta vez de literatura para dejarme fascinar por aquellos nuevos mundos que cobraban vida en cuanto deslizaba mis ojos entre aquella maraña de letras. Interioricé cada una de aquellas historias y logré ver aquellos mundos en mi mente con total claridad. Después di un nuevo paso introduciéndome a mi misma en aquellos parajes extraños y creando nuevas aventuras, expandiendo ese universo. Entonces después de aquellos sueños llenos de magia me lancé a escribir. Iba rápida como un rayo por miedo de que se me fueran a perder las ideas. Escribía con los ojos cerrados para así poder ver mejor cada detalle de mis personajes y de mi universo. Viajé al mar y retomé todas aquellas sensaciones olvidadas. La suave brisa marina volvía a acariciarme los hombros desnudos y a envolverme con sus finos dedos salados. Entonces me llenó una grata sensación de serenidad que me devolvió la paz que había perdido.
Llevé mis relatos a una editorial lo antes que pude. Por entonces malcomía y me estaba quedando en los huesos. Necesitaba el dinero cuanto antes. Gustaron mis historias. Tuve un nombre.

¿Sabéis lo que me gustaría escribir algún día? Esto.

Es frío. Es calculador. Es cruel. Es inhumano. Es un perturbado.
Sé que voy a morir.
Lo tiene todo planeado.
No puedo escapar.
Me ha pedido que escriba mis últimas palabras.
Está sentado frente al tablero de ajedrez y juguetea con las piezas tan tranquilo.
Sólo quiero que termine con esto de una puta vez.

La intercesión.

Venía de dejar a mi hermana en el cumpleaños de su amiga cuando me sucedió lo que más deseaba en ese momento. Le vi aparecer tras la esquina. Acompañaba al hermano de mi mejor amiga. Entonces cuando me di cuenta de que no me quedaba más remedio que enfrentarme a él, saqué el valor necesario para hablarle sin perder el control. Parecía una niña de doce años ante un ídolo. Me veía desde afuera y me provocaba una sensación de ridículo impresionante. Más tarde me avergonzaría de ello. Él estuvo muy agradable. Ojalá fuese capaz de discernir en su mirada si siente algo por mí. Sin embargo, no tengo la suerte de poder leer los pensamientos de la gente. Después de aquel encontronazo quedé con mi amiga para ir al cine. Tenía la esperanza de encontrarlo allí. Sin embargo, eso no ocurrió. Me arrepentí de haber pensado como si fuese una niñata estúpida e inconsciente. La decepción me duró mucho tiempo. Entonces, cuando ya no podía reprimir más mi angustia decidí escribir aquella experiencia en un libro. Conseguí publicarlo y le regalé una copia al hermano de mi mejor amiga por su cumple con la esperanza de que reconociera aquel momento entre las páginas. No lo hizo. Sin embargo, cuando mis esperanzas se volvieron nulas, apareció mi amiga que captó al momento la historia. Me llamó y yo le confesé todo. Ella me dijo que trataría de hacernos coincidir en algún sitio. Y así fue.

¿Qué escribiría un escritor exiliado?

No se pueden hacer una idea del tiempo que llevo queriendo decir esto. Llevo años tratando de encontrar la historia perfecta y no se pueden imaginar lo cansado que es mantener los sentidos bien despiertos cada segundo que pasa para descubrir en las escenas callejeras la representación viva de mi novela. Por fin sé que podré dormir tranquilo porque ya he encontrado el sentido de mi vida. Siempre he vivido para la escritura. Desde crío me sentaba en las escaleras de mi portal y dejaba que mis ojos se fueran posando en las distintas personas que pasaban ante mi puerta. Nunca me cansaba. Para mí cada una de esas personas eran mundos a parte, historias que contar, libros andantes, guardianes de sabrosas anécdotas…
Era propio de mí quedarme a las puertas de la escuela observando a mis compañeros: unos iban jugando con la peonza, otros exprimían hasta el último minuto para empaparse de la lección del señor Agustín, otros envolvían a escondidas papel de fumar que le habían robado a sus padres y se colocaban en el murete del patio de la escuela para impresionar a las chicas que acudían al colegio de enfrente. Después de haber estado observando un rato, cogía mi cuaderno de apuntes y me ponía a escribir como loco. Ya tendría tiempo de ordenar las ideas cuando estuviera en mi casa.
Por aquel entonces tenía muy claros mis objetivos pero la guerra civil chafó mis planes iniciales.
Mi familia y yo tuvimos que trasladarnos. Mi historia cambió.

¿Qué escribe una asesina?

Aquel día dejé salir todo el odio que había estado reprimiendo durante todos esos años en los que había trabajado para él. Recuerdo que me volví loca. Nunca antes había experimentado de aquella forma tan salvaje el poder llevar mi odio al extremo. Le maté. Sin más.