Nos sacan de la ciudad. Es raro verla y más a esta velocidad.
Llevan unas semanas muy nerviosos en la mina. Es difícil mantener la calma aunque la finjamos. No queda otra. Todos desviamos las miradas, más no los oídos. Los músculos en tensión, el pulso acelerado, los sentidos alerta. Hablamos más ásperamente, si cabe. El ruido abotarga. Han cortado las emisiones de la radio. Aislándonos nos preparan. Algunos no soportan las condiciones.
La vida en la mina no nos hace criaturas amigables precisamente, aunque hubo un tiempo en que lo fuimos. Todo aquello quedó olvidado en la superficie arrasada que nos vimos obligados a abandonar para evitar el colapso superpoblacional en nuestro territorio. Somos los marginados. El sector de la mina. La mina a secas.
Cada día amanece más temprano en los corredores de celdas. Abandonamos las camas antes de la llamada de los supervisores por los altavoces. Antes de que activen el sistema de luz y refuercen la ventilación. Antes de que se abra el compartimento que nos ofrece la cápsula vitamínica y nos demos el baño de radiación. El ritual del despertar en la mina. Día tras día. Siempre las mismas rutinas.
Creo que tengo 30 años. Nunca viví en la superficie, aunque la conozco. Soy marginada de nacimiento y desde hace poco entrenadora. Hasta mi nombramiento fui cazadora. Cuando se apaga el sistema de luz sueño otra vida. Hay pocos como yo. Algunos sospechan de mí.
En los entrenamientos reina el silencio. Ellas parecen notar que el momento de mostrar sus capacidades se aproxima, sus estrategias más eficaces, sus movimientos más certeros en los simuladores.
Los capataces se encuentran en las galerías y hablan de las noticias que traen los buscadores. La confidencialidad vale la vida misma. Los espías están entre nosotros, comen en nuestras mesas y a veces resultan ser los mejores amigos de alguien que conocemos. A veces pagan justos por pecadores, así delatan los que tienen tanto que callar. Los más desconfiados no se arriesgan ni a hablar. A veces surgen peleas espontáneas en el comedor. Otras veces no son tan espontáneas. Han prohibido las visitas de las familias a las cazadoras. Ahora deben concentrarse. Yo no recuerdo a mi familia.
Un paso en falso de nuestra mina y se pondrán en jaque las demás ciudades. Todas buscan lo mismo: el maldito mineral que parece reírse de todos nosotros. No sabemos cuál es su función pero, por lo que parece, merece nuestra forma de vida. Aquí abajo nadie pregunta. Aquí abajo nadie sabe. No hay oportunidad de saber ni de preguntar si no es bajo pena de muerte.
Hay rumores de una nueva veta de magnium. Después de tres años de sequía... Después de tantas búsquedas erradas... Hemos recibido órdenes de incrementar la intensidad de los entrenamientos de las cazadoras. Eso significa que volvemos a entrar en acción. Deben estar seguros de las nuevas informaciones. Por eso nos sacan de la mina. Y de la ciudad. No sabemos dónde han localizado la veta. Debemos ser cautelosos y rápidos. Es vital. Si fuera una falsa alarma.., si fuéramos víctimas de una emboscada o de una trampa de otra ciudad... Nunca hemos menospreciado esas posibilidades... Entonces... Entonces rodarían cabezas. Sería el culmen de una guerra soterrada.
En el vagón, las novatas miran ansiosas por las ventanas a la noche cerrada. La primera vez es excitante, lo admito. Esta noche daremos caza a los gigantes. Un ejemplar adulto extrae el mineral mejor que cientos de humanos. Será una noche difícil. Los gigantes no son fáciles de cazar. Tras siglos de explotación, los pocos que han escapado a nuestras cacerías (había que dejarlos criar) han mejorado sus técnicas de defensa. Muchos caerán. Novatas, experimentadas y entrenadoras, también. Para eso nacemos las mujeres en la mina.
Oponerse nunca ha sido una opción. Por eso, esta noche huiré.
jueves, 12 de marzo de 2020
miércoles, 11 de marzo de 2020
Al coleccionista.
Escoges damas y las alzas, musas todas.
Las pruebas, las colocas en vitrinas, -coleccionables ellas sin distinción-, después de acariciarles el lomo, con obsesivo cuidado.
No se te puede achacar falta de pulcritud ni metodismo. Tampoco pecas de malas formas. Eres astuto y devastador. Y aún con todo, tentador. Lo reconozco.
Les dedicas canciones. Así ellas se saben la única, la mejor, la más especial. Quizá algún beso. Palabras escondidas.
Las retienes. Las mantienes con "ya hablamos". Sin saberlo se condenan a la inanición.
Ellas no ofrecen resistencia, desarmadas y abatidas. Aún esperan tu llamada.
Pero tú dejas secar sus calaveras sonrientes en la pared.
A tiempos no te gana nadie. Juegas bien tus cartas. Eres paciente pero te pueden las prisas. Y así, como cualquier criminal, te descubres.
(Hay una cría ahí. Parece evidente que ya no distingues, viejo cazador.)
Así te miran. Así las miras tú. (Me pregunto qué pensarán ellas).
Infestadas las paredes, sales a cazar alguna otra pieza, (no se te vaya a resistir un mejor trofeo). Aún hay hueco en las vitrinas y sitio de sobra en tus paredes, así se te antoje una u otra forma de exhibirlas.
Ellas se emponzoñan a base de ilusiones. Algunas han perdido la cabeza o fueron un mar de lágrimas.
Te puede el ansia, viejo decrépito.
Se abrirán las jaulas, se romperán las vitrinas, se descompondrán las calaveras y quedarás desnudo.
Quizá la cría se atreva a destapar el método.
Tienes un nombre y una cara que conoce mejor de lo que querría.
Las pruebas, las colocas en vitrinas, -coleccionables ellas sin distinción-, después de acariciarles el lomo, con obsesivo cuidado.
No se te puede achacar falta de pulcritud ni metodismo. Tampoco pecas de malas formas. Eres astuto y devastador. Y aún con todo, tentador. Lo reconozco.
Les dedicas canciones. Así ellas se saben la única, la mejor, la más especial. Quizá algún beso. Palabras escondidas.
Las retienes. Las mantienes con "ya hablamos". Sin saberlo se condenan a la inanición.
Ellas no ofrecen resistencia, desarmadas y abatidas. Aún esperan tu llamada.
Pero tú dejas secar sus calaveras sonrientes en la pared.
A tiempos no te gana nadie. Juegas bien tus cartas. Eres paciente pero te pueden las prisas. Y así, como cualquier criminal, te descubres.
(Hay una cría ahí. Parece evidente que ya no distingues, viejo cazador.)
Así te miran. Así las miras tú. (Me pregunto qué pensarán ellas).
Infestadas las paredes, sales a cazar alguna otra pieza, (no se te vaya a resistir un mejor trofeo). Aún hay hueco en las vitrinas y sitio de sobra en tus paredes, así se te antoje una u otra forma de exhibirlas.
Ellas se emponzoñan a base de ilusiones. Algunas han perdido la cabeza o fueron un mar de lágrimas.
Te puede el ansia, viejo decrépito.
Se abrirán las jaulas, se romperán las vitrinas, se descompondrán las calaveras y quedarás desnudo.
Quizá la cría se atreva a destapar el método.
Tienes un nombre y una cara que conoce mejor de lo que querría.
sábado, 14 de diciembre de 2019
Un ser a medias.
Llevo tiempo sin escribir. Es como si me hubiera quedado vacía de pronto. Como si alguien hubiese abierto el sumidero y se me hubiese escapado por ahí hasta el alma. Como si sólo quedara la camisa después de la muda de la serpiente. Como si al muñeco le hubieran despojado del mullido algodón que le daba forma. Una cascarilla de almendra. La capa blanca del salchichón.
No sé muy bien por qué ocurre. Por qué a veces se me atragantan las palabras saliéndoseme a borbotones y otras, sin embargo, se me atragantan sin desatasco posible, sin ser yo capaz de articular el más mínimo sonido o de trazar una sola sílaba sobre el papel. Una suerte de bipolaridad verbal, condición recurrente y crónica que me sobreviene por rachas. Sin quererlo ni beberlo. Pero, de alguna forma, presiento su llegada, eso sí. Como quien sabe que cuando el mar se repliega se acerca inexorable el tsunami devastador. LLámalo autoconocimiento, llámalo sabiduría intrapersonal. LLámalo X.
Supongo que las palabras son el resultado de la batalla interna entre la parte más lógica de mi razonamiento y mis emociones.
-Me gusta pensar que las palabras son arrastradas por el líquido que baña la psique.-
Quizá el término "batalla" no sea el que mejor define este estado catatónico. Quizá, simplemente, estas dos partes de mí no se ponen de acuerdo y se colapsa el sistema. Es entonces cuando dejo de funcionar a pleno rendimiento. Soy un ser a medias. Y la energía no fluye correctamente. Todo se vuelve de un gris irritante. No aparecen las palabras por ningún sitio. Ni las ganas de socorrerlas y sacarlas a flote. Acostumbrada a poder expresarme con cierto gracejo durante largas temporadas, la sequía me apalea sin piedad.
Antes no soportaba los días en que me sentía así de coja. Ahora no puedo pedirme más.
Cuando siento ese atasco emocional sé que necesito entenderlo y tratarme con cierta paciencia. Como se suele decir... fluir. Dejar que pase.
Es una especie de tormenta que necesariamente da lugar a un mar revuelto. El barco, las palabras, se hunden ante la fuerza del vendaval. Me siento confusa, mis pensamientos andan alborotados y enmarañados a todas horas. Y todo me cuesta infinito. Pero sé que pasará.
De todas formas, es bonito volver aquí, a este blog. Para mí es algo así como un refugio mental. Una confortable morada a la que había olvidado lo que me gusta escapar. Un oasis. Una roca a la que asirme tras el naufragio. Puede que tras la tormenta por fin haya llegado a la costa y el sol vuelva a acariciarme los párpados. Puede que aquí me esperen el alma, la serpiente, el algodón, la almendra y el salchichón.
No sé muy bien por qué ocurre. Por qué a veces se me atragantan las palabras saliéndoseme a borbotones y otras, sin embargo, se me atragantan sin desatasco posible, sin ser yo capaz de articular el más mínimo sonido o de trazar una sola sílaba sobre el papel. Una suerte de bipolaridad verbal, condición recurrente y crónica que me sobreviene por rachas. Sin quererlo ni beberlo. Pero, de alguna forma, presiento su llegada, eso sí. Como quien sabe que cuando el mar se repliega se acerca inexorable el tsunami devastador. LLámalo autoconocimiento, llámalo sabiduría intrapersonal. LLámalo X.
Supongo que las palabras son el resultado de la batalla interna entre la parte más lógica de mi razonamiento y mis emociones.
-Me gusta pensar que las palabras son arrastradas por el líquido que baña la psique.-
Quizá el término "batalla" no sea el que mejor define este estado catatónico. Quizá, simplemente, estas dos partes de mí no se ponen de acuerdo y se colapsa el sistema. Es entonces cuando dejo de funcionar a pleno rendimiento. Soy un ser a medias. Y la energía no fluye correctamente. Todo se vuelve de un gris irritante. No aparecen las palabras por ningún sitio. Ni las ganas de socorrerlas y sacarlas a flote. Acostumbrada a poder expresarme con cierto gracejo durante largas temporadas, la sequía me apalea sin piedad.
Antes no soportaba los días en que me sentía así de coja. Ahora no puedo pedirme más.
Cuando siento ese atasco emocional sé que necesito entenderlo y tratarme con cierta paciencia. Como se suele decir... fluir. Dejar que pase.
Es una especie de tormenta que necesariamente da lugar a un mar revuelto. El barco, las palabras, se hunden ante la fuerza del vendaval. Me siento confusa, mis pensamientos andan alborotados y enmarañados a todas horas. Y todo me cuesta infinito. Pero sé que pasará.
De todas formas, es bonito volver aquí, a este blog. Para mí es algo así como un refugio mental. Una confortable morada a la que había olvidado lo que me gusta escapar. Un oasis. Una roca a la que asirme tras el naufragio. Puede que tras la tormenta por fin haya llegado a la costa y el sol vuelva a acariciarme los párpados. Puede que aquí me esperen el alma, la serpiente, el algodón, la almendra y el salchichón.
viernes, 3 de mayo de 2019
Un poco más yo.
Apenas he cambiado. O quizá he cambiado tanto que soy otra. No sabría decir. El tiempo se ha llevado mucho de lo que fui. Ahora queda la base inamovible. Los cimientos. Y alguna que otra piedra puesta con acierto en la inestable estructura. Tampoco sabría decir si echo de menos aquello que fui. Ni si le añoro. Es posible que al mudar la piel se me hayan caído también su olor, sus besos. Sus promesas. He intentado entrar en esa camisa pero se me han robustecido cuerpo y mente y ya no me entra. Así que la he tirado sin muchos miramientos. Y también he engordado. Parece que respiro algo mejor, tengo el cabello más fuerte, hablo algo más alto y no siento esa opresión en el pecho. Río. Tengo menos pesadillas y más futuros en los que pensar. Y de ninguno es él el protagonista. Sé en mi fuero interno que no le importa. A mí tampoco. Y es perfecto. Es lo mejor que me podía pasar. Sigo pensando en él. Pero no es lo mismo. Ya no nos quedamos a solas en mi mente. Quizá le guste un poco más así, con mi ahora de estreno. Pero eso ya no me impresiona. No me condiciona. No es para él. Nunca lo fue. Es posible que ahora vaya algo más ligera de equipaje, es posible que vaya un poco más desnuda. Es posible que sea un poco más yo.
domingo, 2 de septiembre de 2018
Una diosa en Madrid.
Empezaron a sonar esos acordes infernales que le ardían por dentro, así que subió el volumen de los auriculares y se dejó llevar por la locura musical que comenzaba a poseerla embotándole los sentidos como solía hacer la ambrosía. Corrió como si no fuera corpórea, como si no llevara siglos sin hacerlo, provocando las miradas atónitas y lascivas de los hombres y mujeres que abarrotaban la Gran Vía y los chismorreos de las ancianas escandalizadas que sorbían los restos de su pegajoso smoothie en las terrazas. La acera se empezaba a quedar pequeña para sus propósitos, así que cogió impulso y saltó tanto como pudo para seguirse elevando con las corrientes de aire que se colaban entre los edificios. Un niño gritó "¡Spiderman es una mujer!" pero no lo oyó. Abrió los brazos, respiró a pleno pulmón, se hizo el solo de guitarra de "If you want blood" y aterrizó en la azotea más cercana. Oteó el horizonte y saltó de un tejado a otro entre risas que quebraron el cielo. Era una de las ventajas de ser una diosa. Madrid se veía realmente preciosa desde allí. Y ella estaba radiante con el sol del atardecer bañando su cuerpo de divinidad enfundado en esa camiseta de tirantes y aquellos pantalones que permitían movimientos de pantera esculpiendo en cuero su figura. Si por algo envidiaba a los humanos era por esa sensación de libertad continua y por ser capaces de componer música infernal. Estaba claro. El Olimpo iba a tener que esperar.
Escribir de todo y de nada.
A veces creo que escribo de todo y a veces que escribo de nada.
Que hablo de mis emociones más profundas, universales y absolutas, de revelaciones del alma, que en el prisma del tiempo acaban pareciéndome un montón de estupideces, soliloquio insoportable lleno de ridiculeces vanas. Que de la hoguera muy poco se salva. Que doy vueltas sobre lo mismo, perdida en el carrusel de mis pensamientos, examinándome al detalle con alevosía hipocondriaca, sufriendo lo indecible por ello casi por hobby, royendo un hueso que nunca acaba, que no me deja satisfecha y que su sabor amarga. Pensamientos que se enredan, que son ovillos de lana. Que llenan diarios de una adolescencia incompleta e inacabada. Que pierden el sentido y provocan la carcajada. Que no se sabe dónde empiezan ni tampoco dónde acaban. Tormentos que se destiñen y se vuelven una mancha difusa en el expediente, un pobre chiste sin gracia. Que hacen ruido de cacerolas en mi cabeza y no son nueces ni son nada.
Que escribo desde mi torre de princesa encerrada, que no ha experimentado lo suficiente pero cree saberlo todo tan sólo porque lo abarca su mirada, porque tiene la capacidad de imaginarlo cuando le dé la gana y así vuela "in aeternum" como una hoja desprendida que no acaba de tocar fondo, que no vuela pero "es volada". Sin rumbo en un desierto de fantasía estéril, de oasis sin calma. Que acabará muerta con un libro en las manos, preguntándose aún si vivió su vida, o se perdió en el típico cuento de hadas, si no fue un espejismo o simplemente nada.
Y así me devano los sesos, vivo sin vivir, escribo sin decir. Aunque quizá en cada cosa que escribo esté la clave para dar el siguiente paso, a modo de instrucciones para la existencia. Escribir de todo y de nada no es estético, ni productivo a simple vista, pero aclara la visión, despeja el camino, sana. Porque contiene algo mío, quizá un reflejo de mis miedos y de mis esperanzas. Quizá sea mi forma de abrir caminos entre tanta lana desmadejada.
Que hablo de mis emociones más profundas, universales y absolutas, de revelaciones del alma, que en el prisma del tiempo acaban pareciéndome un montón de estupideces, soliloquio insoportable lleno de ridiculeces vanas. Que de la hoguera muy poco se salva. Que doy vueltas sobre lo mismo, perdida en el carrusel de mis pensamientos, examinándome al detalle con alevosía hipocondriaca, sufriendo lo indecible por ello casi por hobby, royendo un hueso que nunca acaba, que no me deja satisfecha y que su sabor amarga. Pensamientos que se enredan, que son ovillos de lana. Que llenan diarios de una adolescencia incompleta e inacabada. Que pierden el sentido y provocan la carcajada. Que no se sabe dónde empiezan ni tampoco dónde acaban. Tormentos que se destiñen y se vuelven una mancha difusa en el expediente, un pobre chiste sin gracia. Que hacen ruido de cacerolas en mi cabeza y no son nueces ni son nada.
Que escribo desde mi torre de princesa encerrada, que no ha experimentado lo suficiente pero cree saberlo todo tan sólo porque lo abarca su mirada, porque tiene la capacidad de imaginarlo cuando le dé la gana y así vuela "in aeternum" como una hoja desprendida que no acaba de tocar fondo, que no vuela pero "es volada". Sin rumbo en un desierto de fantasía estéril, de oasis sin calma. Que acabará muerta con un libro en las manos, preguntándose aún si vivió su vida, o se perdió en el típico cuento de hadas, si no fue un espejismo o simplemente nada.
Y así me devano los sesos, vivo sin vivir, escribo sin decir. Aunque quizá en cada cosa que escribo esté la clave para dar el siguiente paso, a modo de instrucciones para la existencia. Escribir de todo y de nada no es estético, ni productivo a simple vista, pero aclara la visión, despeja el camino, sana. Porque contiene algo mío, quizá un reflejo de mis miedos y de mis esperanzas. Quizá sea mi forma de abrir caminos entre tanta lana desmadejada.
sábado, 1 de septiembre de 2018
Tras los barrotes.
No puedo remediarlo.
Mi mente se escapa y vuela a tu lado. Una y otra vez.
Le he puesto barrotes a las ventanas, no sé si para evitar que ella salga o que tú entres.
Y juraría que ella actúa por hambre y desesperación.
Pobre loca. Aún cree en ti.
Cada día viola mis leyes sin importarle un carajo el castigo.
La vuelta a la inanición, a la nada.
Cada día juega con tu recuerdo sabiendo que me ofende en lo más profundo.
Pero yo tampoco me salvo. Os miro. Y estoy ahí contigo. Bailando tras los barrotes.
Y de repente ésa es la única fantasía que haría realidad.
Y aunque no quiero, cada día durante varias horas estiro los últimos instantes en que fuimos sólo nosotros.
Porque ahora tengo el presentimiento de que somos muchos.
Y no cabemos.
El espacio reducido en el que nos quemábamos la piel es ahora un espacio insignificante cualquiera.
Nunca pensé que fuera a importarme.
Pero me indigna.
Me indigna que no veneres esos momentos como lo hago yo.
Con la solemnidad que merece lo sagrado.
Nunca te había sentido tan lejos.
Nunca te había despreciado tan íntimamente, tan visceralmente. Quizá como te quiero.
Nunca me había pesado tanto el tic tac del reloj.
Nunca me habían dolido tanto unos acordes.
¿Piensas en mí?
De verdad querría saberlo.
Y sería mucho más fácil si te pronunciaras al respecto.
Pero he de lidiar con tu silencio, una vez más.
Con tu ausencia, una vez más.
Con el teléfono inerte en mis manos.
¿Piensas en mí? Te lo repito por si a fuerza de decirlo te acaba llegando el eco, como un mensaje en una botella.
Pero no te das cuenta de que tu mar está plagado de botellas y no has abierto ninguna.
Me niego a pensar que sea cobardía.
Me niego a pensar que sea indiferencia.
Me niego a pensar que creas que es lo mejor.
Me niego a pensar que no sientas nada, que fuera todo un juego, como el baile tras los barrotes.
Me niego a pensar que no merezca más instantes eternos contigo, que los tenga que mendigar.
Me niego a pensar que estés usándolo a tu favor.
Pero parece que has puesto precio a tu tiempo, a tu cariño y que cualquiera puede pujar por ellos.
No sé cuánto tiempo más bailaremos.
No sé cuánto tiempo más aguantaremos.
No sé cuánto tiempo tardaremos en desvanecernos.
No sé cuánto tiempo.
No sé.
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