Llevo tiempo sin escribir. Es como si me hubiera quedado vacía de pronto. Como si alguien hubiese abierto el sumidero y se me hubiese escapado por ahí hasta el alma. Como si sólo quedara la camisa después de la muda de la serpiente. Como si al muñeco le hubieran despojado del mullido algodón que le daba forma. Una cascarilla de almendra. La capa blanca del salchichón.
No sé muy bien por qué ocurre. Por qué a veces se me atragantan las palabras saliéndoseme a borbotones y otras, sin embargo, se me atragantan sin desatasco posible, sin ser yo capaz de articular el más mínimo sonido o de trazar una sola sílaba sobre el papel. Una suerte de bipolaridad verbal, condición recurrente y crónica que me sobreviene por rachas. Sin quererlo ni beberlo. Pero, de alguna forma, presiento su llegada, eso sí. Como quien sabe que cuando el mar se repliega se acerca inexorable el tsunami devastador. LLámalo autoconocimiento, llámalo sabiduría intrapersonal. LLámalo X.
Supongo que las palabras son el resultado de la batalla interna entre la parte más lógica de mi razonamiento y mis emociones.
-Me gusta pensar que las palabras son arrastradas por el líquido que baña la psique.-
Quizá el término "batalla" no sea el que mejor define este estado catatónico. Quizá, simplemente, estas dos partes de mí no se ponen de acuerdo y se colapsa el sistema. Es entonces cuando dejo de funcionar a pleno rendimiento. Soy un ser a medias. Y la energía no fluye correctamente. Todo se vuelve de un gris irritante. No aparecen las palabras por ningún sitio. Ni las ganas de socorrerlas y sacarlas a flote. Acostumbrada a poder expresarme con cierto gracejo durante largas temporadas, la sequía me apalea sin piedad.
Antes no soportaba los días en que me sentía así de coja. Ahora no puedo pedirme más.
Cuando siento ese atasco emocional sé que necesito entenderlo y tratarme con cierta paciencia. Como se suele decir... fluir. Dejar que pase.
Es una especie de tormenta que necesariamente da lugar a un mar revuelto. El barco, las palabras, se hunden ante la fuerza del vendaval. Me siento confusa, mis pensamientos andan alborotados y enmarañados a todas horas. Y todo me cuesta infinito. Pero sé que pasará.
De todas formas, es bonito volver aquí, a este blog. Para mí es algo así como un refugio mental. Una confortable morada a la que había olvidado lo que me gusta escapar. Un oasis. Una roca a la que asirme tras el naufragio. Puede que tras la tormenta por fin haya llegado a la costa y el sol vuelva a acariciarme los párpados. Puede que aquí me esperen el alma, la serpiente, el algodón, la almendra y el salchichón.
sábado, 14 de diciembre de 2019
viernes, 3 de mayo de 2019
Un poco más yo.
Apenas he cambiado. O quizá he cambiado tanto que soy otra. No sabría decir. El tiempo se ha llevado mucho de lo que fui. Ahora queda la base inamovible. Los cimientos. Y alguna que otra piedra puesta con acierto en la inestable estructura. Tampoco sabría decir si echo de menos aquello que fui. Ni si le añoro. Es posible que al mudar la piel se me hayan caído también su olor, sus besos. Sus promesas. He intentado entrar en esa camisa pero se me han robustecido cuerpo y mente y ya no me entra. Así que la he tirado sin muchos miramientos. Y también he engordado. Parece que respiro algo mejor, tengo el cabello más fuerte, hablo algo más alto y no siento esa opresión en el pecho. Río. Tengo menos pesadillas y más futuros en los que pensar. Y de ninguno es él el protagonista. Sé en mi fuero interno que no le importa. A mí tampoco. Y es perfecto. Es lo mejor que me podía pasar. Sigo pensando en él. Pero no es lo mismo. Ya no nos quedamos a solas en mi mente. Quizá le guste un poco más así, con mi ahora de estreno. Pero eso ya no me impresiona. No me condiciona. No es para él. Nunca lo fue. Es posible que ahora vaya algo más ligera de equipaje, es posible que vaya un poco más desnuda. Es posible que sea un poco más yo.
domingo, 2 de septiembre de 2018
Una diosa en Madrid.
Empezaron a sonar esos acordes infernales que le ardían por dentro, así que subió el volumen de los auriculares y se dejó llevar por la locura musical que comenzaba a poseerla embotándole los sentidos como solía hacer la ambrosía. Corrió como si no fuera corpórea, como si no llevara siglos sin hacerlo, provocando las miradas atónitas y lascivas de los hombres y mujeres que abarrotaban la Gran Vía y los chismorreos de las ancianas escandalizadas que sorbían los restos de su pegajoso smoothie en las terrazas. La acera se empezaba a quedar pequeña para sus propósitos, así que cogió impulso y saltó tanto como pudo para seguirse elevando con las corrientes de aire que se colaban entre los edificios. Un niño gritó "¡Spiderman es una mujer!" pero no lo oyó. Abrió los brazos, respiró a pleno pulmón, se hizo el solo de guitarra de "If you want blood" y aterrizó en la azotea más cercana. Oteó el horizonte y saltó de un tejado a otro entre risas que quebraron el cielo. Era una de las ventajas de ser una diosa. Madrid se veía realmente preciosa desde allí. Y ella estaba radiante con el sol del atardecer bañando su cuerpo de divinidad enfundado en esa camiseta de tirantes y aquellos pantalones que permitían movimientos de pantera esculpiendo en cuero su figura. Si por algo envidiaba a los humanos era por esa sensación de libertad continua y por ser capaces de componer música infernal. Estaba claro. El Olimpo iba a tener que esperar.
Escribir de todo y de nada.
A veces creo que escribo de todo y a veces que escribo de nada.
Que hablo de mis emociones más profundas, universales y absolutas, de revelaciones del alma, que en el prisma del tiempo acaban pareciéndome un montón de estupideces, soliloquio insoportable lleno de ridiculeces vanas. Que de la hoguera muy poco se salva. Que doy vueltas sobre lo mismo, perdida en el carrusel de mis pensamientos, examinándome al detalle con alevosía hipocondriaca, sufriendo lo indecible por ello casi por hobby, royendo un hueso que nunca acaba, que no me deja satisfecha y que su sabor amarga. Pensamientos que se enredan, que son ovillos de lana. Que llenan diarios de una adolescencia incompleta e inacabada. Que pierden el sentido y provocan la carcajada. Que no se sabe dónde empiezan ni tampoco dónde acaban. Tormentos que se destiñen y se vuelven una mancha difusa en el expediente, un pobre chiste sin gracia. Que hacen ruido de cacerolas en mi cabeza y no son nueces ni son nada.
Que escribo desde mi torre de princesa encerrada, que no ha experimentado lo suficiente pero cree saberlo todo tan sólo porque lo abarca su mirada, porque tiene la capacidad de imaginarlo cuando le dé la gana y así vuela "in aeternum" como una hoja desprendida que no acaba de tocar fondo, que no vuela pero "es volada". Sin rumbo en un desierto de fantasía estéril, de oasis sin calma. Que acabará muerta con un libro en las manos, preguntándose aún si vivió su vida, o se perdió en el típico cuento de hadas, si no fue un espejismo o simplemente nada.
Y así me devano los sesos, vivo sin vivir, escribo sin decir. Aunque quizá en cada cosa que escribo esté la clave para dar el siguiente paso, a modo de instrucciones para la existencia. Escribir de todo y de nada no es estético, ni productivo a simple vista, pero aclara la visión, despeja el camino, sana. Porque contiene algo mío, quizá un reflejo de mis miedos y de mis esperanzas. Quizá sea mi forma de abrir caminos entre tanta lana desmadejada.
Que hablo de mis emociones más profundas, universales y absolutas, de revelaciones del alma, que en el prisma del tiempo acaban pareciéndome un montón de estupideces, soliloquio insoportable lleno de ridiculeces vanas. Que de la hoguera muy poco se salva. Que doy vueltas sobre lo mismo, perdida en el carrusel de mis pensamientos, examinándome al detalle con alevosía hipocondriaca, sufriendo lo indecible por ello casi por hobby, royendo un hueso que nunca acaba, que no me deja satisfecha y que su sabor amarga. Pensamientos que se enredan, que son ovillos de lana. Que llenan diarios de una adolescencia incompleta e inacabada. Que pierden el sentido y provocan la carcajada. Que no se sabe dónde empiezan ni tampoco dónde acaban. Tormentos que se destiñen y se vuelven una mancha difusa en el expediente, un pobre chiste sin gracia. Que hacen ruido de cacerolas en mi cabeza y no son nueces ni son nada.
Que escribo desde mi torre de princesa encerrada, que no ha experimentado lo suficiente pero cree saberlo todo tan sólo porque lo abarca su mirada, porque tiene la capacidad de imaginarlo cuando le dé la gana y así vuela "in aeternum" como una hoja desprendida que no acaba de tocar fondo, que no vuela pero "es volada". Sin rumbo en un desierto de fantasía estéril, de oasis sin calma. Que acabará muerta con un libro en las manos, preguntándose aún si vivió su vida, o se perdió en el típico cuento de hadas, si no fue un espejismo o simplemente nada.
Y así me devano los sesos, vivo sin vivir, escribo sin decir. Aunque quizá en cada cosa que escribo esté la clave para dar el siguiente paso, a modo de instrucciones para la existencia. Escribir de todo y de nada no es estético, ni productivo a simple vista, pero aclara la visión, despeja el camino, sana. Porque contiene algo mío, quizá un reflejo de mis miedos y de mis esperanzas. Quizá sea mi forma de abrir caminos entre tanta lana desmadejada.
sábado, 1 de septiembre de 2018
Tras los barrotes.
No puedo remediarlo.
Mi mente se escapa y vuela a tu lado. Una y otra vez.
Le he puesto barrotes a las ventanas, no sé si para evitar que ella salga o que tú entres.
Y juraría que ella actúa por hambre y desesperación.
Pobre loca. Aún cree en ti.
Cada día viola mis leyes sin importarle un carajo el castigo.
La vuelta a la inanición, a la nada.
Cada día juega con tu recuerdo sabiendo que me ofende en lo más profundo.
Pero yo tampoco me salvo. Os miro. Y estoy ahí contigo. Bailando tras los barrotes.
Y de repente ésa es la única fantasía que haría realidad.
Y aunque no quiero, cada día durante varias horas estiro los últimos instantes en que fuimos sólo nosotros.
Porque ahora tengo el presentimiento de que somos muchos.
Y no cabemos.
El espacio reducido en el que nos quemábamos la piel es ahora un espacio insignificante cualquiera.
Nunca pensé que fuera a importarme.
Pero me indigna.
Me indigna que no veneres esos momentos como lo hago yo.
Con la solemnidad que merece lo sagrado.
Nunca te había sentido tan lejos.
Nunca te había despreciado tan íntimamente, tan visceralmente. Quizá como te quiero.
Nunca me había pesado tanto el tic tac del reloj.
Nunca me habían dolido tanto unos acordes.
¿Piensas en mí?
De verdad querría saberlo.
Y sería mucho más fácil si te pronunciaras al respecto.
Pero he de lidiar con tu silencio, una vez más.
Con tu ausencia, una vez más.
Con el teléfono inerte en mis manos.
¿Piensas en mí? Te lo repito por si a fuerza de decirlo te acaba llegando el eco, como un mensaje en una botella.
Pero no te das cuenta de que tu mar está plagado de botellas y no has abierto ninguna.
Me niego a pensar que sea cobardía.
Me niego a pensar que sea indiferencia.
Me niego a pensar que creas que es lo mejor.
Me niego a pensar que no sientas nada, que fuera todo un juego, como el baile tras los barrotes.
Me niego a pensar que no merezca más instantes eternos contigo, que los tenga que mendigar.
Me niego a pensar que estés usándolo a tu favor.
Pero parece que has puesto precio a tu tiempo, a tu cariño y que cualquiera puede pujar por ellos.
No sé cuánto tiempo más bailaremos.
No sé cuánto tiempo más aguantaremos.
No sé cuánto tiempo tardaremos en desvanecernos.
No sé cuánto tiempo.
No sé.
viernes, 31 de agosto de 2018
El sufrimiento emocional crónico.
Aquí van unas cuantas obviedades vitales, que son obvias teóricamente desde que nos cuentan eso de que la vida es nacer, relacionarse, reproducirse y morir (como si fuéramos a aceptarlo tan fácilmente, como si fuéramos ovejas dóciles e imbéciles, como si la vida no fuera un viaje de entendimiento profundo, de rebeldía y revelaciones), pero que sólo resultan obvias empíricamente cuando se viven y nos asolan temporalmente y luego reunimos el valor de analizarlas desde la distancia espaciotemporal valorando cuán capaces hemos sido de afrontarlas y cuál será nuestra posición en el futuro.
Las pérdidas, los desencantos con nosotros mismos, con nuestras vidas, con nuestra existencia, con nuestras circunstancias, con nuestros mayores, con nuestros familiares y amigos, etc, son parte esencial de nuestro crecimiento. Suelen responder a pasados demasiado cerrados, llenos de exigencias y perfección, de lazos familiares opresivos, de deseos frustrados, de tabúes, de corsés sentimentales, de alejamiento del dolor y del error, como si la línea recta fuese el único camino a la meta. A veces el sentimiento de derrota es rápidamente sustituido por otro mucho más motivador y positivo y otras veces nos abandonamos al sufrimiento dejando que se instale en nosotros, durante años incluso. Y todo cambia. Y todo se deforma.
Cuando dejas que el sufrimiento sea parte de ti, de tu carácter, de tu intimidad, la nueva base de tu filosofía e incluso de tu creatividad y se convierte en tu aliado, en la excusa perfecta para seguir viviendo en el inmovilismo, en el falso conformismo, en la convicción de tu propia incapacidad... Crees que la única vía posible es la de ir a la deriva. LLega a gustar cómo te petrifica y te conviertes en víctima de ti mismo y de tus circunstancias y vagas sin rumbo; los horizontes y las expectativas, antes claros y definidos, se diluyen como pintura aguada que escurre sobre el lienzo y el descontento motoriza tus impulsos carnales, espirituales y creativos. Durante mucho tiempo te convences de que quizá siempre has sido así, de que no saldrás de ahí porque en el fondo eres así, que nadie acudirá a salvarte de ti mismo como un ansiado redentor. Lees, buscas desesperadamente el ancla que al izarse te lleve a la superficie para poder respirar aire puro otra vez... Pero no llega porque eres tú. Y llenas páginas de diario con pensamientos funestos y analizas hasta la extenuación la base de tu comportamiento, como si fuera un parásito que pudieras extirpar tan fácilmente. Te dicen el famoso "todo pasa, ten paciencia" pero te pueden la impaciencia y la ansiedad. Y cometes errores. Y dejas de reconocerte. Te transformas.
Pero llega. Llega en un momento cualquiera el día en el que no notas más ese peso. Y no necesitas escribir frenéticamente para llenar tu descontento, para contentar tu hambre de felicidad, de autosatisfacción. Y llega la calma a la mente. Entonces empiezas a desintoxicarte de ti mismo y de tus hábitos durante el sufrimiento y te vuelves a acercar a tu yo de antes pero renovado, con una nueva consciencia de ti mismo y de tu vida. Y encuentras antiguas emociones y las entiendes, pero las nuevas son mucho más potentes e inspiradoras para el día a día. Y entonces eres feliz sin más. Mi consejo es que cuando te reconozcas en ese dulce momento, no busques demasiadas explicaciones y úsalo para reorganizar tu vida y tu interior. Tus valores. Redibuja tus horizontes, defínelos con trazos gruesos y simplemente anda hacia ellos con firmeza. Ya tienes el propósito que te faltaba. Ya puedes caminar sin las piedras en los bolsillos porque las has sacado inconscientemente y te ha gustado sentirte ligero. Ese momento llega y es absolutamente renovador. Aprovéchalo. Quizá tengas las páginas del diario más vacías que nunca. Quizá tengas sequía creativa. No te preocupes. Siempre puedes redirigir tu fantasía en otra dirección. Prueba a buscar de nuevo. No se te ocurra angustiarte. Estás viviendo de verdad. Sólo deja que te inunde la calma.
Las pérdidas, los desencantos con nosotros mismos, con nuestras vidas, con nuestra existencia, con nuestras circunstancias, con nuestros mayores, con nuestros familiares y amigos, etc, son parte esencial de nuestro crecimiento. Suelen responder a pasados demasiado cerrados, llenos de exigencias y perfección, de lazos familiares opresivos, de deseos frustrados, de tabúes, de corsés sentimentales, de alejamiento del dolor y del error, como si la línea recta fuese el único camino a la meta. A veces el sentimiento de derrota es rápidamente sustituido por otro mucho más motivador y positivo y otras veces nos abandonamos al sufrimiento dejando que se instale en nosotros, durante años incluso. Y todo cambia. Y todo se deforma.
Cuando dejas que el sufrimiento sea parte de ti, de tu carácter, de tu intimidad, la nueva base de tu filosofía e incluso de tu creatividad y se convierte en tu aliado, en la excusa perfecta para seguir viviendo en el inmovilismo, en el falso conformismo, en la convicción de tu propia incapacidad... Crees que la única vía posible es la de ir a la deriva. LLega a gustar cómo te petrifica y te conviertes en víctima de ti mismo y de tus circunstancias y vagas sin rumbo; los horizontes y las expectativas, antes claros y definidos, se diluyen como pintura aguada que escurre sobre el lienzo y el descontento motoriza tus impulsos carnales, espirituales y creativos. Durante mucho tiempo te convences de que quizá siempre has sido así, de que no saldrás de ahí porque en el fondo eres así, que nadie acudirá a salvarte de ti mismo como un ansiado redentor. Lees, buscas desesperadamente el ancla que al izarse te lleve a la superficie para poder respirar aire puro otra vez... Pero no llega porque eres tú. Y llenas páginas de diario con pensamientos funestos y analizas hasta la extenuación la base de tu comportamiento, como si fuera un parásito que pudieras extirpar tan fácilmente. Te dicen el famoso "todo pasa, ten paciencia" pero te pueden la impaciencia y la ansiedad. Y cometes errores. Y dejas de reconocerte. Te transformas.
Pero llega. Llega en un momento cualquiera el día en el que no notas más ese peso. Y no necesitas escribir frenéticamente para llenar tu descontento, para contentar tu hambre de felicidad, de autosatisfacción. Y llega la calma a la mente. Entonces empiezas a desintoxicarte de ti mismo y de tus hábitos durante el sufrimiento y te vuelves a acercar a tu yo de antes pero renovado, con una nueva consciencia de ti mismo y de tu vida. Y encuentras antiguas emociones y las entiendes, pero las nuevas son mucho más potentes e inspiradoras para el día a día. Y entonces eres feliz sin más. Mi consejo es que cuando te reconozcas en ese dulce momento, no busques demasiadas explicaciones y úsalo para reorganizar tu vida y tu interior. Tus valores. Redibuja tus horizontes, defínelos con trazos gruesos y simplemente anda hacia ellos con firmeza. Ya tienes el propósito que te faltaba. Ya puedes caminar sin las piedras en los bolsillos porque las has sacado inconscientemente y te ha gustado sentirte ligero. Ese momento llega y es absolutamente renovador. Aprovéchalo. Quizá tengas las páginas del diario más vacías que nunca. Quizá tengas sequía creativa. No te preocupes. Siempre puedes redirigir tu fantasía en otra dirección. Prueba a buscar de nuevo. No se te ocurra angustiarte. Estás viviendo de verdad. Sólo deja que te inunde la calma.
jueves, 30 de agosto de 2018
Se ha ido.
No lo puedo creer. Que no lo encuentro oye.
¿Y si en un descuido este verano lo he perdido por ahí? Es verdad que no le he hecho mucho caso...
Ahora, que si se ha ido... Maldito bastardo. Se ha tenido que ir. ¡¿Cómo se atreve?!
Después de tantos años... Esto es que se ha ido. Si no no me lo explico. Las sábanas están intactas. No hay colillas en el cenicero. Ni un triste mensaje en el contestador.., ni una triste nota de despedida ahorcada
en la nevera. ¿No le enseñé buenos modales? ¿No ha aprendido nada de mí? Es increíble. ¡Después de tantos años!
¡Yo que lo adopté como forma de vida, mascota, compañero de cama y base del pensamiento!
Por lo menos podría haber respetado mi aversión a la incertidumbre. ¡Podría haberme dejado por whatsapp! ¡No pido tanto!
Odio este silencio.
Definitivamente se ha ido. Ya está. No vale darle más vueltas. Cuanto antes lo acepte mejor.
¿Pero cómo?
Supongo que es ahora cuando empiezo a pensar como una mujer madura, ¿no?
Ok entonces lo primero será decirlo en voz alta.
Bien.
Allá voy.
El...
Oh por favor.
Vale, ya.
El...
Dolor... Se ha ido.
Oh, maldita sea. ¿Por qué se me hace tan duro verbalizarlo?
¡Soy una mujer madura por el amor de dios!
Supongo que no se tendrá en cuenta que haya aguardado tras la puerta a que regresara, sólo por si se hubiera desubicado o por si hubiera sido un calentón, de vuelta a mis brazos como un niño perdido, pero... no le he oído al otro lado.
Así que esta vez va en serio. Ha querido independizarse.
Seguro que cuando vuelva no lo reconozco. Porque volverá. Y ya no será el mismo. Quizá tendrá un olor distinto. El peinado algo más sofisticado. Con barba de unos días.
Pues no estoy alegre. Pero me haré la dura con mis amigas.
No imaginaba la vida sin él. Encajábamos joder.
No pensaba que me fuera a dejar, la verdad. Soy una hembra difícil y orgullosa. Y me gustaba nuestra relación.
Se va sin dejar rastro, es un auténtico bastardo. Un bastardo sexy, facilón y de naturaleza devastadora.
Mis páginas en blanco nunca serán más incómodas.
Pues que le vaya bien.
Se acaba de convertir en mi ex más odiado.
¿Y si en un descuido este verano lo he perdido por ahí? Es verdad que no le he hecho mucho caso...
Ahora, que si se ha ido... Maldito bastardo. Se ha tenido que ir. ¡¿Cómo se atreve?!
Después de tantos años... Esto es que se ha ido. Si no no me lo explico. Las sábanas están intactas. No hay colillas en el cenicero. Ni un triste mensaje en el contestador.., ni una triste nota de despedida ahorcada
en la nevera. ¿No le enseñé buenos modales? ¿No ha aprendido nada de mí? Es increíble. ¡Después de tantos años!
¡Yo que lo adopté como forma de vida, mascota, compañero de cama y base del pensamiento!
Por lo menos podría haber respetado mi aversión a la incertidumbre. ¡Podría haberme dejado por whatsapp! ¡No pido tanto!
Odio este silencio.
Definitivamente se ha ido. Ya está. No vale darle más vueltas. Cuanto antes lo acepte mejor.
¿Pero cómo?
Supongo que es ahora cuando empiezo a pensar como una mujer madura, ¿no?
Ok entonces lo primero será decirlo en voz alta.
Bien.
Allá voy.
El...
Oh por favor.
Vale, ya.
El...
Dolor... Se ha ido.
Oh, maldita sea. ¿Por qué se me hace tan duro verbalizarlo?
¡Soy una mujer madura por el amor de dios!
Supongo que no se tendrá en cuenta que haya aguardado tras la puerta a que regresara, sólo por si se hubiera desubicado o por si hubiera sido un calentón, de vuelta a mis brazos como un niño perdido, pero... no le he oído al otro lado.
Así que esta vez va en serio. Ha querido independizarse.
Seguro que cuando vuelva no lo reconozco. Porque volverá. Y ya no será el mismo. Quizá tendrá un olor distinto. El peinado algo más sofisticado. Con barba de unos días.
Pues no estoy alegre. Pero me haré la dura con mis amigas.
No imaginaba la vida sin él. Encajábamos joder.
No pensaba que me fuera a dejar, la verdad. Soy una hembra difícil y orgullosa. Y me gustaba nuestra relación.
Se va sin dejar rastro, es un auténtico bastardo. Un bastardo sexy, facilón y de naturaleza devastadora.
Mis páginas en blanco nunca serán más incómodas.
Pues que le vaya bien.
Se acaba de convertir en mi ex más odiado.
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