martes, 4 de junio de 2013

You and I


Distant words you used to tell me
Far away You could have saved this
lonely heart which burned till ashes
but strong enough to escape the darkness.
So let me know my sweet wild wonder
if this is just another nightmare
without you here behind my blankets
without you here to light the candels
If I will see again your tender glances

You and I under the water, under the satellites,
under the golden sun, under the moonlight,
Feeling the fire, looking in the other´s eyes,
Shaking till morning loving us through the night.

Forever You and I.

Estropicio.

No sabía cómo había llegado a aquella situación. No se explicaba cómo había perdido el control ni cómo había llegado hasta ella la sangre que bañaba sus manos. Siempre la habían considerado una persona templada y ella misma así se creía; pero algo muy oscuro se había apoderado de su mente, algo que ni siquiera ella había podido combatir y la había llevado a cometer aquella atrocidad. La poca luz que se filtraba por las rendijas de la persiana le permitía ver el resultado de su locura. El cuerpo inerte de aquel hombre que la había chantajeado durante los últimos meses haciendo de su vida un infierno se encontraba desmadejado y desmembrado. En su enajenación había esparcido esos restos por la habitación dejando regueros de fluidos por todas partes. Ahora que había vuelto en sí sintió unas náuseas horribles y el vómito fue inexorable. Se sintió vacia y sucia, enferma y muerta. Quería gritar pero no tenía fuerzas y no le serviría de nada. A penas podía pensar pero no tenía tiempo y se obligó a ello. Sabía que ahora no podría salir de aquel círculo vicioso, ahora no la dejarían en paz. La buscarían, seguirían sus pasos y la matarían por venganza. Tenía que huir, cambiar de aspecto, de vida, de pasado. Pero, ¿qué podía hacer con todo aquel estropicio? Tenía que armarse de valor y devolver el orden a aquella habitación. Se obligó a analizar dónde se encontraban los restos y cómo podía deshacerse de ellos. Tragó saliva y empezó a amontonar dedos, brazos y piernas.

lunes, 3 de junio de 2013

Los números 114 y 733

Lo que daría por acallar todas esas voces en mi cabeza de una vez por todas. Se apoderan de mí y me dicen que haga cosas malas. A veces no controlo mi cuerpo. Es como si una descarga de energía me recorriera y me dirigiera a hacer o decir cosas que no pienso realmente. Hablan por mí, hacen y deshacen por mí, como si yo no contara nada. El doctor me ha dicho que si me porto bien y me tomo estas pastillitas cuando él me ha indicado, las voces se irán. Y con ellas se irán los números 114 y 733 que me acompañan en mis viajes de autobús. Siempre han estado conmigo que yo recuerde. Un día, cuando era muy pequeño y sólo me asomaban cuatro dientes, los vi sentados de la mano en el asiento trasero del autobús. Me dijeron que me habían hecho un hueco y que me podía sentar con ellos. Eran muy graciosos, sobre todo 733, que hacía bromas ingeniosas sobre los pelos de los niños que subían después de clase para ir a sus casas. Yo no quería reirme en alto porque no quería que nadie más jugara con mis amigos 114 y 733, así que llevé muy en secreto nuestra amistad. A mí me parecían muy agradables pero empezaron a controlarme y a pedirme que hiciera cosas malas. Yo sabía que estaban mal todas esas cosas que me pedían pero no quería que me dejaran. Ahora se han vuelto muy quisquillosos y quieren que les haga daño a mis otros amigos porque están celosos. Yo les digo que no pero ellos me terminan convenciendo. Ahora sólo quiero que desaparezcan y por eso sé que he de hacer caso al doctor y zamparme esas odiosas pastillitas para que los números vayan desapareciendo.

martes, 21 de mayo de 2013

Confesión de un escritor empedernido.


Cuando escribir te da la vida y la reafirma se convierte en algo tan necesario y anhelado como la luz del sol. He vivido mucho tiempo en tinieblas y el único consuelo que he tenido lo he hallado en el rasgueo del lápiz sobre el papel. Ni la religión, ni la música, ni dormir en brazos de una mujer, ni los fármacos, ni los consejos, ni siquiera el alcohol han conseguido arrancarme del asfixiante abrazo del tedio, la frustración, la mediocridad, el hundimiento absoluto, la soledad. Mucho he escrito en mi vida como para no considerarlo fundamental en mi existencia. Porque todo lo que escribo es lo que soy. No hay vida más verdadera que la que hallo en las palabras escritas con la furia del que un día morirá en las páginas de mi diario. Es más real lo que hay en él escrito que el sueño de haberlo vivido. He vivido al escribir y en no escribiendo muero. Esta es mi confesión, mi verdad, mi credo.

lunes, 20 de mayo de 2013

Echar a volar.

Ana sabía que ya no pertenecía a aquel lugar. Se sentía extraña en el que había sido su hogar durante toda su infancia y juventud. Era consciente de que había llegado el momento de romper el cascarón, respirar una nueva bocanada de aire fresco, desentumecer las alas y echar a volar lejos porque no podía seguir viviendo de las migajas del pasado. Había sido muy feliz, feliz hasta hastiarse. Lo había dado de sí tanto como el tiempo y las circunstancias le habían permitido, pero había llegado el momento decisivo, lo sentía. Algo en ella había muerto, algo en ella no era igual, el cambio gritaba con fuerza pidiendo paso. Le dolía reconocer que su camino continuaba en otro lugar pero envejecía tratando de acariciar la cola de ese pasado fugaz que había ido demasiado deprisa sin permitirle saborearlo. Ya no sería jamás. Se había convertido en lo que cada instante: nada más que recuerdos. Pero se lo debía. Sabía que la única forma de salir de la espiral era romper la cadena que la mantenía apresada a sus fantasmas, a su necedad infantil. Debía dar el paso o se marchitaría. Y estaba decidida. Al alba del nuevo amanecer volaría.

jueves, 16 de mayo de 2013

Hoy la vida me da y me quita.

Hoy la vida me ha regalado la sonrisa y la alegría de mi abuela al verme entrar en su cuartito de estar pero me ha quitado la ilusión que mi entrada en la casa provocaba en mi abuelo que en seguida se ha perdido en sus pensamientos como si su nieta no estuviera ahí con ellos. La vejez y la enfermedad se los están llevando de distinta manera pero al unísono y a mí me está matando verlos así. Tan distintos, tan distantes. Cómo añoro esos años en los que aún eran jóvenes y vitales. Recuerdo cuando íbamos de excursión por los pinares de Robledo o cuando echábamos unas canastas en el Parque Berlín, cuando me recogían del colegio y me preparaban la comida mientras veía los dibus de la tele, las visitas a los museos en verano... Abuelitos, siempre os querré.

La decepción en sus ojos.

La conozco demasiado bien, casi como si hubiéramos vivido todas las vidas posibles juntas o la hubiera gestado en mis propias entrañas y cuando la veo con la naricilla roja y los ojos vidriosos es como si sintiera su dolor como mio propio. A veces no me hace falta mirarla para saber que lleva escrita la decepción en las pupilas pidiendo a gritos un abrazo, unas palabras de consuelo. Y me duele tanto no poder hacerla feliz... Quiero para ella todo lo bueno de este mundo, lo más puro y brillante de la vida y de la gente. Y rodearla cada noche con mis brazos para aislarla de todo lo que la pueda hacer sufrir y apartarla de las pesadillas y la oscuridad. Pero a veces no me dan los brazos. Entonces siento la frustración de no ser lo que ella espera que sea y es cuando me mata ver la decepción en sus ojos.