jueves, 23 de abril de 2015
Conversaciones conmigo misma.
-Pase lo que pase no dejes de escribir nunca, Ana.
-¿Y si no tengo nada más que escribir?
-Vaya tontería ¿cómo se te ocurre?
-No es ninguna tontería, me aterra. ¿Y si por más que lo intento no consigo encontrar nada que merezca la pena?
-¿Acaso te ha pasado?
-Sí, un porrón de veces, como decía mi abuelo.
-¿Y te has muerto por no poder hacerlo?
-Casi.
-Siempre has sido un poquitín exagerada. ¿Acaso le importaría a alguien que no escribieras nunca más?
-Ummmmm no. Es más creo que muchos lo agradecerían.
-¿Tú crees?
-Sí, absolutamente.
-¿Y te has muerto porque a alguien no le importe que no escribas nunca más?
-Ummmm. Pues casi.
-Lo que yo te digo: exageradita eres un rato.
-Lo reconozco pero no te vayas por la tangente ¿qué respondes? ¿y si un buen día llega la nada a mi cerebro? ¿y si de repente no sé sobre qué escribir? ¿y si pierdo la creatividad porque me doy un golpe tremendo en la cabeza al caerme por unas escaleras por llevarme un susto del quince al pisarle el rabito a mi gatita y del chillido de ésta trastabillo y ruedo escaleras abajo partiéndome el espinazo y siete costillas como el pobre Señor Don Gato? ¿y si se me mueren las pocas neuronas que dedico al noble arte de la escritura porque el destino quiera que un pequeño émbolo sanguíneo se me atraviese en una de esas arterias que riega el lóbulo shakesperiano? ¿y si..?
-¿Y si mueres atropellada por el camión de la basura? ¡Ana por favor! ¿Cómo es posible que te quedes sin nada que escribir con la de cosas absurdas que puedes llegar a pensar al cabo del día? ¿Cuántas veces has escrito en una servilleta, en un billete de tren, en un cuaderno de apuntes de veterinaria lo primero que se te venía a la cabeza sólo para poder sacarle el jugo después?
-Unas cuantas.
-Y las que te rondaré morena.
-Tienes razón.
-Claro que la tengo. Si encuentras motivo de interés literario el vuelo de un mosquito tigre... entonces no hay nada que temer y pase lo que pase nunca dejes de escribir.
El hueco de sus manos.
Había visto de todo en su corta vida pero aquello sin duda la había sobrepasado con creces. Cerró la puerta del baño con toda la furia y toda la rabia que tenía acumuladas dentro tratando de acallar con el portazo la desesperación que luchaba por salir desde algún lugar de su pecho abriéndose hueco dolorosamente por la tráquea, quemándole sin contemplaciones la garganta hasta abrasarle la boca y salir finalmente despedida a propulsión en forma de gritos y llanto desconsolado. Porque no había consuelo, no había droga capaz de hacerla desconectar de aquella realidad. No había nada que la pudiera devolver lo que le había robado la vida. Ni siquiera la muerte parecía ser la salida. No para ella no. No era capaz de otra cosa más que de odiar. Llevaba muchos años en guerra consigo misma y con el mundo y nadie se libraba del veneno de sus pensamientos. Nadie. Ni siquiera esa deidad a la que ella había rezado fervorosamente desde niña. Ya no era capaz de oir las respuestas a sus propias preguntas. Respuestas que ella misma fabricaba y que bailaban en su cabeza como puestas ahí por Él. Pero Él nunca le había dado una sola respuesta. Ella había dado con las soluciones por sí misma creyendo que venían de más allá, de alguien que velaba por ella. Pero ya no oía esas soluciones, ni siquiera era capaz de autoengañarse. Ya no. No podía traicionarse de aquella manera. Con los ojos ardientes y mojados de quién llora amargamente miró al cielo de su baño, más allá de las sucias baldosas del techo, atravesando kilos y kilos de hormigón y cemento armado, llegando con sus pupilas a las mismas estrellas del firmamento y le espetó sin miramientos por qué la había abandonado de aquella manera, por qué ya no se sentía una hija más, una hija especial como le habían dicho tantas veces aquellas monjas que velaban tan fervorosamente por su pudor y recato. La saliva seguía saliendo a cada palabra que pronunciaba. Se sentía una pobre loca encerrada, engañada. Por qué le había obligado a mirar a la cara a la realidad, preguntaba con los ojos desorbitados fuera de sí. Por qué no se apiadaba de ella de una vez y la permitía vivir ajena a tanta desolación, a tanto dolor. Por qué se reía de ella, le gritó como una demente. Por qué iba a creer en su palabra. ¿Acaso para ella tenía reservado un mejor final o un mejor destino? En qué era ella diferente a toda aquella gente abandonada, en qué era diferente para pensar que tendría una mejor vida que la de aquellos que la vieron crecer y acabaron sus días entre sufrimiento y olvido. ¿Por qué para ella iba a ser mejor, más idílico? ¿Acaso lo merecía? ¿Qué había hecho ella para merecer nada de Dios o de la Vida? Entonces comprendió que una vez más no iba a obtener respuesta. Que ni siquiera estaba en sus manos responderse y entonces se apoderó de ella el miedo como nunca antes. Se dejó caer al suelo y se hizo un ovillo escondiendo la cabeza entre sus manos. Lo único que la calmó fue aquella oscuridad improvisada en el hueco de sus manos.
martes, 21 de abril de 2015
Aromas de una infancia.
Hoy el viento me ha traído, madre,
sin quererlo ni beberlo
en pequeños frascos de brisa suave
los aromas más perfectos,
las esencias más amables.
Y de entre todas las fragancias más puras imaginables
ha querido venir a regalarme
las que para mí son sin duda alguna
las más perfectas, las más clave.
Las que con sus matices y sus notas,
avivan en mi cerebro como verdugos sin freno
las ascuas de mis recuerdos,
las brasas de mis más puros deseos.
Lilas y romero, húmeda hojarasca, madera castellana y almendro
Tormenta de verano, piñas abrasadas en estufa de leña y lluvia de enero,
Un desván desvencijado, café recién hecho,
lecturas de fantasía, azafrán del bueno,
suelo mojado, suelo seco, así me huele Robledo.
Son recuerdos dolorosos, fragancias trasnochadas
Tantas risas y tanto duelo
Que despellejan el alma y avivan en mí el profundo deseo
de despertar a tu lado algún día, abuelo.
Hoy el viento me ha obsequiado, madre,
Con el más bello de los detalles
con pequeños frascos de brisa suave
Llenos de los aromas de mis mejores despertares.
domingo, 12 de abril de 2015
Batalla de tres.
Demasiado tiempo sin transcribir las crónicas de un pensamiento inquieto y un interior aún más convulso de lo que creía, hace que se amontonen las palabras en el intento de recoger lo más notorio y trascendente. Y es que una guerra se libra en mi interior. Una lucha sin ejércitos que cada vez tiene bandos mejor definidos pero intangibles e incorpóreos como una legión de fantasmas. No hay cañones, ni metralletas, ni sables, ni misiles teledirigidos. En esta contienda no hay balas ni metralla, ni toques de queda ni refugios, nadie muere, nadie vence. Sin embargo es detestable como cualquier otra y se vuelve insoportable como siempre que dos hermanos se pelean a muerte como si la causa por la que lucha cada uno fuese mucho más fuerte que el amor que discurre por sus venas. Esta guerra que hay en mi interior es compleja y es entre dos seres que quiero por igual: la niña que fui y que no quiere irse y la mujer que empiezo a ser y que algún día seré. Ambas gritan fuerte y pelean con puños de acero y gran convencimiento pero son tan iguales en fuerza que ninguna logra ganar una batalla que empieza a parecer eterna, enzarzadas en combate sin fin. Y eso me causa una gran confusión. No cabemos tres en un cuerpo tan pequeño y frágil. Deseo fervientemente que la mujer gane terreno porque la necesitamos para afrontar nuevas etapas pero tampoco quiero que nos abandone la pequeña criatura que patalea por todo, que se rinde y se esconde entre los brazos de su madre, temerosa del mundo, la que mira al cielo y pierde en él sus pupilas viajeras. Si Ella se va, ¿quién se asustará de los monstruos de la realidad? ¿quién nos regalará los sueños más hermosos? ¿quién nos proporcionará ese júbilo inocente ante las pequeñas cosas? Temo que al irse pierda mi más pura esencia, la pierda a ella y con ella se vaya mi yo más verdadero. Sería tan maravilloso que ambas firmaran la paz... que ambas me dieran una tregua y me eximieran de la ardua decisión de inclinarme por una de ellas... Si las lograra convencer de que las necesito a las dos tanto como el respirar... Sólo así lograría poner un poco de sentido común en este conflicto. Quizá lo haga. Sí. Quizá entre tanto "vociferio" logre que paren los ataques por un segundo y me escuchen. Al menos podré apelar a su honor y suplicarles que tengan piedad y me den un tiempo para recoger los pedacitos de mí que han quedado esparcidos por todas partes para reconstruirme.
domingo, 5 de abril de 2015
jueves, 2 de abril de 2015
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