miércoles, 12 de febrero de 2014

Yiekele.


Yiekele es un personaje fascinante, tan admirable que sólo puedo animar a que lo descubrais leyendo El Libro de los Portales, de Laura Gallego. Gracias una vez más por poblar mi imaginación de maravillosas criaturas.

jueves, 6 de febrero de 2014

Una limosna.

Es increíble lo que hacen las palabras en mí. De repente me siento abandonada, de repente me arropan y me dan una limosna, para que la espera no se me haga tan dura ni el invierno tan largo. Me deben ver en un estado espantoso para acercarse a mí de esa manera, derrochando caridad. Y así entre limosna y limosna voy tirando, rellenando vacíos, dibujando fantasías, haciendo de la realidad algo más llevadero y del paso de los días algo menos angustioso.

Yayo.

Yayo, qué de cosas pude contarte de mi vida para que las llevaras contigo eternamente, que no te conté. Qué de cosas pude haber hecho para que te fueras orgulloso de tu nieta mayor, que aún tengo por hacer. Qué de cosas te perderás de mi vida por no haberme dado yo la suficiente prisa como para que pudieras presenciarlas. Yayo, te debo tantas cosas... Gracias a ti sé lo que debo hacer. Te fuiste y nos dejaste perdidos, sin rumbo. Sin embargo, desbrozando de los recuerdos aún vivos tus consejos y tus sabias palabras estoy encontrando mi camino. Quizá me cueste un poco, ya sabes que soy trabajadora pero a mi ritmo, pero acabaré consiguiéndolo. Te lo prometo. Por ti lo haré. Por ti lo intentaré hasta la saciedad. Y en cada logro estarás tú y sé que tú me ayudarás a salir de cada fracaso y me alentarás para volverlo a intentar con la cabeza bien alta. Sé que ahora parte de ti está en mí y eso lo llevaré conmigo hasta el fin de mis días como el bien más preciado.

Nuestra realidad. Para no olvidarla jamás.

Un día más Teresa abría los ojos bien temprano y un día más volvía a preguntarse qué demonios hacía en aquella habitación durmiendo a escaso medio metro de su hija si habría jurado que a las doce de la noche se había acostado junto a su marido en la cama de matrimonio de su habitación, como todas las noches. Pensó que quizá su pequeña había tenido una pesadilla y había ido a tranquilizarla quedándose dormida en la cama de al lado. Sin embargo, no lo recordaba y al fijarse mejor en su hija advirtió que ya no quedaba rastro de aquella niña inquieta y lista como ella sola, que aparecía de vez en cuando en su pensamiento cuando se quedaba dormitando la siesta en el sofá y acudían a ella fragmentos del pasado. En su lugar estaba la mujer que era ahora, más cansada y ojerosa pero toda una mujer. Teresa se miró las manos y en vez de descubrir las manos jóvenes de las que siempre había presumido, se encontró con unas manos ajadas y viejas, con manchas y un tanto doloridas por la artrosis. ¿Por qué llevaba dos alianzas? No recordaba que Marcelino le diera la suya. Pensó que más tarde se lo preguntaría. Cerró los ojos pensando que tal vez era todo una fea pesadilla. Pero no ocurrió nada. No volvió a despertar porque ya estaba despierta y nada había cambiado ni cambiaría. Entonces, después de superar en silencio el batacazo, Teresa empezó a situarse en el tiempo. No era joven y su hija no era pequeña. No lograba recordar cómo había sucedido aquello, cómo había llegado tan rápido la vejez que tan lejana se le antojaba siempre, pero era así, porque así lo veían y se lo hacían saber sus ojos. Se incorporó en la cama y como si no pudiera soportar aquel silencio llamó a su hija: ¿Mari?
Como un resorte su hija saltó de la cama para atenderla. ¿Por qué estaba tan preocupada? Ella sólo la había llamado para subir las persianas pero al verla tan ojerosa y nerviosa prefirió no comentarle su sensación al despertar. Así que, como siempre hacía, se puso sus zapatillas y se fue al salón. Marce estaría allí y podría hablar con él de su desazón mientras cortaban las judías para la cena. Pero la radio que él solía encender al levantarse no sonaba. ¿Dónde estaba? ¿Por qué ella no lograba recordar qué había pasado con su marido? Se sentó en el sillón porque le pesaban demasiado las piernas y porque no tenía otra cosa que hacer. Sus ojos revisaron el pequeño cuartito de estar. Todo parecía estar en orden. Pero ¿dónde estaba Marce? ¿Estaría comprando ya el pan? ¡Qué hombre! Cómo le gustaba madrugar para ser el primero en llegar al horno y traer las mejores barras de pan, bien cociditas y crujientes, y luego ponerse a leer el periódico. Quizá luego bajarían a dar una vuelta hasta el Auditorio y quizá allí se encontrarían con la madre de Asun, tan simpática...
Entonces apareció Mari con el desayuno, interrumpiendo el hilo de sus pensamientos, el descafeinado con sus seis tostaditas, como a ella le gustaba le esperaban en la mesita. Mari la sentó de mil amores entre carantoñas y mimos y la apretó un poco contra la mesa para que no tuviera que hacer esfuerzos en acercarse las tostadas. Mari antes no era tan besucona pero le gustaba que su hija la colmara de besos, le recordaba cuando de pequeña la abrazaba por cualquier cosita. ¿Y Toñi? De repente se acordó de su hija mayor. ¿Por qué no estaba allí? Estaría trabajando o con las niñas. No tardaría en llamar diciendo que iba a verles por la tarde como casi todas las tardes,pensó tranquilizándose. Quizá le había dejado el recado a Marce. ¿Dónde se había metido? Entonces sintió presión en los dedos. Como casi siempre se levantaba con los dedos algo hinchados por la circulación, no le preocupó. Se aflojaría un poco la alianza. ¿Por qué llevaba dos? No recordaba que Marce le hubiera dado la suya. ¿Dónde estaba? Quiso preguntar pero algo en su interior le recordó que era mejor dejarlo estar. Si no estaba alguien estaría con él. Entonces, algo de un hospital empezó a retumbarle en la cabeza como un eco molesto. Luego mientras se tomaba la última tostada el recuerdo de su hija diciéndole que Marce no había aguantado la estancia en el hospital la hizo comprender que había llegado el momento. El momento de que la única cosa que podía separarles los alejara de verdad:la muerte.
Consciente de ello hizo un momento de silencio, pero quizá su enfermedad de olvido o su fortaleza la obligaron a terminarse los restos de café y pedir a su hija la bolsa con la bufanda de ganchillo que la entretendría hasta la hora de la comida.

Peces en el río.

Mente en blanco. Cierro los ojos, viajo entre recuerdos y pensamientos desordenados en un intento desesperado de buscar algo de inspiración en mi interior, algo que impulse de nuevo mi imaginación y que me dé alas después de estos malos tiempos que han mermado mis ganas de volar... Sin embargo, hoy estoy vacía. Hoy no hay nada suculento que cazar en este río de aguas oscuras y turbulentas. Quizá cuando vuelva la calma, cuando las aguas se tornen de nuevo cristalinas, veré, como dice el villancico, los peces en el río.

miércoles, 5 de febrero de 2014

Cantares de guerra.

La última guerra mundial, lejana ya en la memoria de los descendientes de los escasos supervivientes por el paso de las centurias, y las constantes y brutales acometidas de un clima enfurecido habían asolado el planeta sumiendo a los seres humanos en una constante lucha por la supervivencia. Los clanes reorganizados se profesaban un odio consumado y guardaban celosamente los pocos recursos que tenían a su alcance.

Arnur era un tierra de clanes guerreros aliados que dominaban las montañas rocosas y sus glaciares y que, una vez controlados sus dominios pretendían expandirse hacia el horizonte hasta dar con las llanuras fértiles antes de la próxima glaciación. Pero sabían que el camino no sería fácil porque habría otros clanes luchando por el mismo objetivo y no mostrarían piedad con ellos como no habían mostrado en numerosas ocasiones a lo largo de la historia. Los guerreros de Arnur habían convertido la guerra en su medio de vida y en el sentido de su existencia. Tanto era así que las mujeres no eran excluídas del ejército y eran adiestradas junto a los hombres en el manejo de las armas y la estrategia. Pero, además, sólo las elegidas eran las que se preparaban durante años para llamar a la guerra con sus voces.

Como era tradición Kiara se preparaba para la ceremonia oficial ante los soldados de Arnur. Ya llegaba a sus oídos el sonido de los tambores que la acompañarían durante el rito de elección. Había llegado a sus oídos que su presencia no pasaría desapercibida para el Consejo de Veteranos, pues siendo descendiente de grandes “llamadoras a la guerra” como su propia madre y su abuela, se la suponía una heredera con muchas posibilidades de ser elegida la próxima “llamadora”.

Tras las magníficas y difícilmente superables actuaciones de sus compañeras de aprendizaje por fin había llegado su turno. La audiencia de aquella noche en las faldas del Gran Glaciar de Arnur era inabarcable. Miles de guerreros en formación enfocaban sus miradas hacia la pequeña figura de Kiara que notaba cómo ardían sus mejillas. Sin embargo, una extraña e inexplicable energía la fue inundando como siempre que cantaba a la guerra y su voz sonó fuerte y enérgica colándose entre las grietas de la montaña. Los alaridos emocionados de la multitud sólo hicieron que dar alas a su voz que provocó la respuesta del glaciar. El Consejo de Veteranos sobrecogido por la voz de Kiara y la respuesta del Gran Glaciar, no necesitó deliberar y proclamaron a Kiara la Nueva Llamadora. La multitud prorrumpió en un estruendoso y reverberante grito de guerra acogiendo a su nueva Voz de la Guerra y Kiara se inclinó en una respetuosa reverencia hacia el Consejo para después arrodillarse y agradecer al Glaciar su buena suerte. Se sentía bendecida y a pesar de que su madre y su abuela se habían fundido con las nieves del glaciar tras la última nevada,podía sentir su presencia infundiendo en su espíritu la fuerza que caracterizaba a las mujeres de su familia.


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El desgaste de la búsqueda incesante de la perfección.

Me levanto cada día con la apremiante necesidad de ser la persona en la que me quiero convertir para venirme abajo al perder esa furia al primer atisbo de error cometido. Y entonces pienso: hoy tampoco estoy en condiciones de ser quién quiero ser. Y así pasan mis días, buscando alcanzar una perfección idílica que me queda infinitamente lejos pero que me impide estar a gusto con lo que soy indicándome, como si de un letrero de neón se tratara, que no soy lo que debería y me gustaría ser. Que soy un desastre. Que poco queda en mí de ese ser en potencia. Y cada día gasto más carburante en poner en marcha la máquina de mis sueños pero resulta que ese carburante no es el más adecuado para llegar a mi meta, quizá no tenga la suficiente energía para tales esfuerzos. O quizá no sea mi chispa suficiente para iniciar la explosión que revolucionará mi interior. Y así poco a poco me desgasto en la búsqueda de ideales que me mantienen presa de un deseo desesperado por llegar a ser por el camino fácil de despertar una mañana con la sensación de haberlo conseguido todo. Qué mal vicio. Qué poco inteligente aferrarse a la idea de una vida vacía de intentos frustrados, fracasos, errores. Qué pena consumirse esnifando los restos de logros pasados, de logros de otros. Ahora soy una yonki que se arrastra por unos gramos de polvos de hada, por un poco de falsa felicidad. Con lo que cuesta volver a la cruda realidad, a ésa que a veces se hace insoportable por lo imperfectos que nos vuelve, a ésa que nos recuerda que somos valientes por tirar adelante siendo quienes somos y no fantasmas de quienes queremos ser.