lunes, 20 de agosto de 2012

El gato que nada sabía.

Deslizaba su mano por el suave pelaje de su gato como hacía siempre que se sentaba a reflexionar. Por nimio que pueda parecer, aquel simple gesto le permitía adentrarse aún más en sus propios pensamientos. Por macabros que fueran, él seguía pareciendo un hombre frágil incluso benévolo con un visible amor por su compañero felino. Nada sabía esa pobre bola de pelo de los oscuros planes de su dueño. Vivía felizmente paseándose por la mansión, restregándose por los marcos dorados de sus puertas, arañando las carísimas tapicerías, agujereando los largos cortinajes, pateando las teclas del ancestral clavicémbalo, comiendo las más suculentas y apetitosas delicias que se encargaba de administrar su amo con la puntualidad de un reloj biológico. Pero no entraba en su diminuto cerebrito entender el plan que estaba a punto de acometer su querido dueño, el mismo que acariciaba pacientemente su pelaje sumido en un sueño de ambición. Los ronroneos de ambos se unían en sonora armonía en el silencio de la noche al calor del fuego de la chimenea.

sábado, 18 de agosto de 2012

Siento el vacío sin ti.

Siento el vacío sin ti y no me gusta. No lo soporto. Te busco a cada instante, en cada rincón de mi memoria y cuando creo que tu imagen es suficientemente vívida me aferro a ella como si pudiera abrazarla pero no logro sentirme ni siquiera parecido a como me siento cuando te tengo cerca. Todo es distinto sin ti, todo carece de sentido. Ando perdida, sin rumbo, caminando errante hacia donde me arrastre el viento. Sé que no vas a volver por más que yo lo desee. Sé que no vas a aparecer de nuevo porque no está en mí lo que buscas con tanto ahínco. Y me duele, pero a pesar de tanto dolor quiero lo mejor para ti.

martes, 14 de agosto de 2012

Es imaginarte y...

Es imaginarte y una lengua de fuego me quema las entrañas. Es imaginarte y el deseo más desesperado retumba dentro de mí, resquebrajándome, apoderándose de mi voluntad sin piedad. Es imaginarte y se me envenena la razón que me tortura. Es imaginarte y ver tu figura dando de comer veneno a mis pupilas. Es imaginarte y ser sacudida por mil rayos. ¿Dime entonces qué sería de mí si pudiera rozarte con la punta de mis dedos, si al más leve roce moriría de amor? ¿Dime que tormento me espera al probar el sabor de tu piel, de tus abrazos, tus besos? Es imaginarte y abandonarme al más dulce de todos los castigos.

Las Perseidas.

Algo tiene el Universo que encandila, hipnotiza, empequeñece. Todo lo que allí ocurre fuera de nuestro limitado alcance parece atraernos con la fuerza de un agujero negro o el canto de una sirena. Descubrir las constelaciones de entre tantas estrellas se antoja un juego fascinante pero lo es aún más verlas cruzar el cielo. Es increíble la ilusión que puede hacer observar el manso firmamento a la espera de una estrella fugaz que rompa la quietud por un efímero instante. Pocos eventos de este tipo he presenciado en mi vida pero hice lo posible porque no se me escaparan las Perseidas la madrugada del día doce de agosto incómodamente sentada en un puff de mimbre y apoyada sobre una almohada en el alfeizar de la ventana de la buhardilla junto a mi hermana. En mi cabeza se apilaban desordenados los deseos que lanzaría al viento al paso de los astros como si no quisiera perder la ocasión de hablarles de ellos a las estrellas, esperando de ellas algún tipo de poder o magia ancestral capaz de cambiar el rumbo de mi vida. Desde ese momento, en mi retina han quedado grabadas esas estelas de fuego surcando el negro de la noche y en mi alma los deseos que viajan con ellas en el tiempo.

Me tienes enamorada.

Amor mío me tienes enamorada, en vilo, pendiente de un hilo. Me tienes atada a tu boca, presa de las caricias de dos cuerpos enroscados a la luz de la luna. Cariño mío, sálvame o enciérrame en tus brazos, pero no me dejes morir en el olvido. Víveme ahora. Seamos presente. Te deseo aquí y ahora a cada instante. Hagamos inmortal un beso en las estrellas, rocemos la locura del que ama plenamente, dejemos escapar ese fuego que nos quema por dentro y que nos coman vivos las llamaradas.

viernes, 10 de agosto de 2012

Si nos amamos.

Oye, estaba pensando... ¿Qué te parece si nos amamos? ¿No lo ves lleno de ventajas? Yo te amo, tú me amas y eso es cierto, lo sabemos. Yo lo llevo escrito en mis ojos para que cada vez que los mires leas en ellos todo lo que te quiero. Yo lo he atisbado en tus sonrisas, en tus caricias. No me hace falta más. Estoy segura. Quiero amarte. Me sobran ganas.

Me arrepiento de haberlo escrito pero aquí está, para aprender de ello.

¿Por qué nada de lo que hago es nunca suficiente? ¿Por qué me levanto siempre con una regañina taladrándome los oídos? ¿Por qué no me encuentro a gusto en mi propia casa? ¿Por qué se le ha olvidado qué nos une, qué somos? Nunca leerá esto, ni lo sabrá. Quizás lo intuya pero da igual. En la nube de pastillas en la que vive todo es perfecto pero si saliera de ella vería que tiene que arreglar muchas cosas que no se arreglan solas. ¿Cómo se lo hago ver? ¿Cómo le convenzo de que camine en la dirección correcta y no en la que le lleva al sufrimiento y al arrepentimiento? Eso es lo último que quiero para él, que en la soledad de la vejez o del último lecho le sobrevenga el arrepentimiento y comprenda que ya no hay vuelta atrás, que se equivocó y tendrá que asumir la culpa de la que no le eximieron en su día las pastillas.