Mi vida es un edificio chiquito y tímido
a la sombra de temibles rascacielos
y hay plantas que cierro a cal y canto
y cogen polvo y olvido.
A veces crujen los maderos,
se mece a la mínima brisa,
a veces se resquebrajan los cimientos
tan fuertes creí ponerlos.
Mi vida es un edificio chiquito y modesto,
que sueña ser un rascacielos,
hecha de materiales baratos
que tiemblan cuando sopla el viento.
sábado, 22 de abril de 2017
viernes, 14 de abril de 2017
La mujer que devolvía los rostros.
Anna besaba con devoción el rostro de su hermano, deformado tras el ataque aéreo. Él se repudiaba, se asqueaba, por esa nueva apariencia monstruosa e inacabada. Mejor hubiera sido morir del todo, no a medias. Pero ella agarraba suavemente su cara y lo besaba como si nada hubiera pasado, como si no faltaran gran parte de la boca y la nariz. Anna era una mujer especial. Siempre lo había demostrado. Por eso era una reconocida artista. Esculpía con la sencillez y la grandiosidad de los genios de antaño, encerrada en su estudio a todas horas.
-¿Cómo está Martha?
El silencio de Anna fue demoledor. Le intentó besar para acallar los remordimientos pero él apartó la cara sintiéndose un monstruo.
-Se ha ido, ¿verdad?
-Eddie, la recuperaremos. Yo te ayudaré.
-¿Cómo, Anna, cómo? ¡Maldita sea! Ojalá hubieran acabado conmigo.
Anna no estaba acostumbrada a ver la desesperación en su hermano. Había sido un joven deslumbrante, encantador, vital. Pero la guerra... La guerra mataba de muchas formas y aquello era lo que quedaba de aquel joven. Casi tan frágil como un recuerdo. A Anna le sobrevinieron las lágrimas, pero las retuvo valientemente antes de que se desparramaran por sus mejillas, temiendo que con ellas se escapara también su entereza.
-Yo te devolveré el rostro, Eddie. He leído un ensayo del doctor Wood y creo que...
-¡Basta ya Anna! ¡Fuera de aquí! ¡¡Fuera!!
La muchacha se sintió herida pero desistió. Era más útil retirarse a trabajar en esa idea que tenía en mente que permanecer allí salvando a un alma torturada a base de esperanzas vanas. La llevaría hasta el final, por él.
El siguiente paso sería escribir al doctor Dervert Wood. Estaba convencida de entender su idea y de poder llevarla a cabo. Sólo necesitaba material y hombres dispuestos a ponerse en sus manos. Perfeccionaría la técnica para poder ayudar a su hermano. Necesitaba devolverle su rostro, su dignidad, su vida. Necesitaba que volviera alguien parecido al joven que marchó a la temida guerra.
Trabajó durante días en una máscara de cobre galvanizado. Había tomado su propio rostro como molde y referencia y aún quedaban restos de yeso en su cara y en sus manos. Se miraba al espejo y trataba de darle forma y textura humanas, incluyendo las cejas hechas con pelos de pinceles que insertaba con mimo. Era como si se desmontara pieza a pieza para dar vida a aquella réplica de sí misma.
Cuando la terminó concertó una cita con Wood. Marcharía a Boston tan pronto como le llegara la respuesta. Fuera la que fuese. No estaba dispuesta a admitir un "gracias por su interés señorita Coleman, pero no." Haría lo imposible por poner en marcha su único deseo en esta vida, olvidándose de la suya propia.
Semanas después Wood, que la había ignorado, ofrecía una conferencia sobre su afamado artículo "La esperanza de los valientes sin rostro" en el Gentlemen´s Club y fue allí donde Anna, vestida de traje pantalón, escondiéndose tras una apariencia masculina y esa máscara, clon de su gesto más característico con una de las cejas un poco enarcada, se dirigió a él, repitiendo el discurso que había ensayado hasta la saciedad. Wood comenzaba a recelar al ver que aquella extraña persona le hablaba sin mover los labios. Entonces ella se quitó la máscara, no pretendía conseguir que la tomara por más loca aún. El autor del artículo pareció perder el aliento y el color de su rostro, que parecía un molde de yeso.
-Señorita Coleman, su conducta es... del todo inapropiada para una mujer. Mañana a las diez en mi estudio de la calle Peverty.
Anna sonrió aliviada y tras saludar al portero con una reverencia salió corriendo a la calle tratando de contener su excitación.
Wood admitió que el arte de Anna permitía llevar a cabo su idea de devolver los rostros a los soldados mutilados y se comprometió a estudiar el caso de Eddie.
Anna, que veía cada vez más cercana la posibilidad de devolverle a su hermano un rostro con el que rehacer su vida junto a Martha, volvió a casa para adecentar el estudio y así poder acoger a Wood, que se trasladaba con ella para trabajar codo con codo, y todo el nuevo material necesario para fabricar los moldes. Pero al llegar a casa, Martha la estaba esperando. Aquello podía significar tantas cosas... Su cara era un complejo amalgama de sentimientos difíciles de adivinar a simple vista.
-Eddie ha muerto, Anna. Lo enterraron ayer. Quisieron avisarte pero estabas lejos.
Había dicho todo eso de corrido al ver que Anna se había quedado paralizada. Tras unos interminables segundos de ausencia, la muchacha, que libraba una terrible lucha interna, volvió a la realidad.
-Gracias Martha, puedes irte.
Su voz sonaba inerte.
Las últimas palabras de la que había sido la prometida de su hermano, antes de que se cerrara la puerta tras ella, le llegaron amortiguadas pero afiladas como una guadaña:
-Las dos lo abandonamos y tendremos que vivir con ello.
Cuando se quedó por fin sola, Anna avanzó moribunda a su estudio y una vez allí sucumbió al llanto y a la culpa.
-¿Cómo está Martha?
El silencio de Anna fue demoledor. Le intentó besar para acallar los remordimientos pero él apartó la cara sintiéndose un monstruo.
-Se ha ido, ¿verdad?
-Eddie, la recuperaremos. Yo te ayudaré.
-¿Cómo, Anna, cómo? ¡Maldita sea! Ojalá hubieran acabado conmigo.
Anna no estaba acostumbrada a ver la desesperación en su hermano. Había sido un joven deslumbrante, encantador, vital. Pero la guerra... La guerra mataba de muchas formas y aquello era lo que quedaba de aquel joven. Casi tan frágil como un recuerdo. A Anna le sobrevinieron las lágrimas, pero las retuvo valientemente antes de que se desparramaran por sus mejillas, temiendo que con ellas se escapara también su entereza.
-Yo te devolveré el rostro, Eddie. He leído un ensayo del doctor Wood y creo que...
-¡Basta ya Anna! ¡Fuera de aquí! ¡¡Fuera!!
La muchacha se sintió herida pero desistió. Era más útil retirarse a trabajar en esa idea que tenía en mente que permanecer allí salvando a un alma torturada a base de esperanzas vanas. La llevaría hasta el final, por él.
El siguiente paso sería escribir al doctor Dervert Wood. Estaba convencida de entender su idea y de poder llevarla a cabo. Sólo necesitaba material y hombres dispuestos a ponerse en sus manos. Perfeccionaría la técnica para poder ayudar a su hermano. Necesitaba devolverle su rostro, su dignidad, su vida. Necesitaba que volviera alguien parecido al joven que marchó a la temida guerra.
Trabajó durante días en una máscara de cobre galvanizado. Había tomado su propio rostro como molde y referencia y aún quedaban restos de yeso en su cara y en sus manos. Se miraba al espejo y trataba de darle forma y textura humanas, incluyendo las cejas hechas con pelos de pinceles que insertaba con mimo. Era como si se desmontara pieza a pieza para dar vida a aquella réplica de sí misma.
Cuando la terminó concertó una cita con Wood. Marcharía a Boston tan pronto como le llegara la respuesta. Fuera la que fuese. No estaba dispuesta a admitir un "gracias por su interés señorita Coleman, pero no." Haría lo imposible por poner en marcha su único deseo en esta vida, olvidándose de la suya propia.
Semanas después Wood, que la había ignorado, ofrecía una conferencia sobre su afamado artículo "La esperanza de los valientes sin rostro" en el Gentlemen´s Club y fue allí donde Anna, vestida de traje pantalón, escondiéndose tras una apariencia masculina y esa máscara, clon de su gesto más característico con una de las cejas un poco enarcada, se dirigió a él, repitiendo el discurso que había ensayado hasta la saciedad. Wood comenzaba a recelar al ver que aquella extraña persona le hablaba sin mover los labios. Entonces ella se quitó la máscara, no pretendía conseguir que la tomara por más loca aún. El autor del artículo pareció perder el aliento y el color de su rostro, que parecía un molde de yeso.
-Señorita Coleman, su conducta es... del todo inapropiada para una mujer. Mañana a las diez en mi estudio de la calle Peverty.
Anna sonrió aliviada y tras saludar al portero con una reverencia salió corriendo a la calle tratando de contener su excitación.
Wood admitió que el arte de Anna permitía llevar a cabo su idea de devolver los rostros a los soldados mutilados y se comprometió a estudiar el caso de Eddie.
Anna, que veía cada vez más cercana la posibilidad de devolverle a su hermano un rostro con el que rehacer su vida junto a Martha, volvió a casa para adecentar el estudio y así poder acoger a Wood, que se trasladaba con ella para trabajar codo con codo, y todo el nuevo material necesario para fabricar los moldes. Pero al llegar a casa, Martha la estaba esperando. Aquello podía significar tantas cosas... Su cara era un complejo amalgama de sentimientos difíciles de adivinar a simple vista.
-Eddie ha muerto, Anna. Lo enterraron ayer. Quisieron avisarte pero estabas lejos.
Había dicho todo eso de corrido al ver que Anna se había quedado paralizada. Tras unos interminables segundos de ausencia, la muchacha, que libraba una terrible lucha interna, volvió a la realidad.
-Gracias Martha, puedes irte.
Su voz sonaba inerte.
Las últimas palabras de la que había sido la prometida de su hermano, antes de que se cerrara la puerta tras ella, le llegaron amortiguadas pero afiladas como una guadaña:
-Las dos lo abandonamos y tendremos que vivir con ello.
Cuando se quedó por fin sola, Anna avanzó moribunda a su estudio y una vez allí sucumbió al llanto y a la culpa.
lunes, 6 de marzo de 2017
A veces.
A veces busco y no encuentro.
A veces te busco y no te encuentro.
A veces no todo es felicidad.
A veces lo detesto todo.
A veces no me puedo engañar y seguir como si nada.
A veces no sé de qué escribir.
A veces no me siento yo.
A veces quiero destruirlo todo.
A veces envidio.
A veces no tengo suerte.
A veces deseo.
A veces temo no encontrar la salida.
A veces caigo y no me levanto.
A veces necesito ayuda.
A veces la pido.
A veces me quedo en blanco.
A veces soy mucho más mediocre.
A veces no me salen las palabras.
A veces soy un mar de lágrimas.
A veces me dejo llevar.
A veces no me apetece recibir consejos.
A veces me siento sola.
A veces me repito.
A veces exploro.
A veces me muerdo la lengua.
A veces no.
A veces escucho.
A veces tampoco.
A veces me dejan.
A veces no puedo dejar yo.
A veces no te creo.
A veces me siento engañada.
A veces traiciono.
A veces no quiero ir a ningún sitio.
A veces me comería el mundo.
A veces gritaría.
A veces me enveneno.
A veces me enamoro.
A veces me ilusiono.
A veces me desilusiono, me desenamoro y me vuelvo a envenenar.
A veces intuyo que no hay nada más.
A veces me vuelvo a repetir.
A veces me caigo mal.
A veces canto.
A veces pierdo las ganas.
A veces siento demasiado.
A veces vivo en una nube.
A veces vivo en la mierda.
avecesescribotodojuntoyconminúsculas
A veces vuelo.
A veces lo que viene se va.
A veces lo que pienso no es.
A veces vivo en el pasado.
A veces sueño despierta.
A veces no tengo pesadillas.
A veces no veo futuro.
A veces no creo.
A veces no tengo expectativas ni de mí misma.
A veces ando deprisa.
A veces me quedo quieta.
A veces te echo tanto de menos que me muero.
A veces me arrancaría el corazón.
A veces me diluyo en el tiempo.
A veces exploto.
A veces me encuentro entre el ruido.
A veces quisiera ser otra.
A veces querría que tú fueras otro.
A veces sueño con otro.
A veces me carcome la ansiedad.
A veces me repito de nuevo.
A veces me odio.
A veces lo odio todo.
A veces me perdono.
A veces soy humana.
A veces te busco y no te encuentro.
A veces no todo es felicidad.
A veces lo detesto todo.
A veces no me puedo engañar y seguir como si nada.
A veces no sé de qué escribir.
A veces no me siento yo.
A veces quiero destruirlo todo.
A veces envidio.
A veces no tengo suerte.
A veces deseo.
A veces temo no encontrar la salida.
A veces caigo y no me levanto.
A veces necesito ayuda.
A veces la pido.
A veces me quedo en blanco.
A veces soy mucho más mediocre.
A veces no me salen las palabras.
A veces soy un mar de lágrimas.
A veces me dejo llevar.
A veces no me apetece recibir consejos.
A veces me siento sola.
A veces me repito.
A veces exploro.
A veces me muerdo la lengua.
A veces no.
A veces escucho.
A veces tampoco.
A veces me dejan.
A veces no puedo dejar yo.
A veces no te creo.
A veces me siento engañada.
A veces traiciono.
A veces no quiero ir a ningún sitio.
A veces me comería el mundo.
A veces gritaría.
A veces me enveneno.
A veces me enamoro.
A veces me ilusiono.
A veces me desilusiono, me desenamoro y me vuelvo a envenenar.
A veces intuyo que no hay nada más.
A veces me vuelvo a repetir.
A veces me caigo mal.
A veces canto.
A veces pierdo las ganas.
A veces siento demasiado.
A veces vivo en una nube.
A veces vivo en la mierda.
avecesescribotodojuntoyconminúsculas
A veces vuelo.
A veces lo que viene se va.
A veces lo que pienso no es.
A veces vivo en el pasado.
A veces sueño despierta.
A veces no tengo pesadillas.
A veces no veo futuro.
A veces no creo.
A veces no tengo expectativas ni de mí misma.
A veces ando deprisa.
A veces me quedo quieta.
A veces te echo tanto de menos que me muero.
A veces me arrancaría el corazón.
A veces me diluyo en el tiempo.
A veces exploto.
A veces me encuentro entre el ruido.
A veces quisiera ser otra.
A veces querría que tú fueras otro.
A veces sueño con otro.
A veces me carcome la ansiedad.
A veces me repito de nuevo.
A veces me odio.
A veces lo odio todo.
A veces me perdono.
A veces soy humana.
miércoles, 8 de febrero de 2017
Niñez maldita.
Las criaturas estaban desesperadas, enrabietadas por el hambre. Desquiciadas. Y en su desquicie emitían gritos de sirena. Unas trepaban por las paredes con la facilidad de un reptil, otras se golpeaban contra ellas hasta desgarrarse o quebrarse los huesos y deformar, aún más, su ya de por sí extraña figura, otras levitaban para alcanzar los altos respiraderos de las puertas que las contenían, esnifando con los ollares grotescamente dilatados cualquier atisbo de presencia al otro lado, con las pupilas erráticas bajo los párpados, las uñas ennegrecidas clavadas en la puerta, los pies flácidos y mortecinos, a metros sobre el suelo, asomando bajo los camisones ondulantes y fantasmagóricos, recuerdo de su niñez maldita.
domingo, 5 de febrero de 2017
Creo que me estoy enamorando.
Creo que me estoy enamorando. Sí. De ti que lees mis líneas y a través de ellas me conoces mejor que nadie. De ti, incorpóreo para mí, mientras escribo con la devoción de la amante esperando que te enganches a mí y que las palabras nos atrapen como la adicción al buen sexo nocturno y mudo. Creo que me estoy enamorando de la avidez de tus ojos, de cómo absorbes cada palabra que dejo caer ante ti para que la recojas y al devolvérmela nos encontremos las miradas y nos sobren las palabras y acabemos teniendo sexo nocturno y mudo. Escribo para ti con desenfreno, con deseo, con ira, con lujuria, con amor, por amor. Creo que me estoy enamorando de tus pupilas saltarinas, de tu mente inquieta, de tu silencio sagrado para leerme en un rincón, la luz apagada, el corazón galopante. Éste es nuestro tesoro. Nuestro momento. Tú y yo. ¿Te das cuenta? Te hablo a ti, al otro lado, sin tapujos, directa a lo más privado. Sabiendo que en este instante te estás preguntando si de veras me estoy dirigiendo a ti. Convéncete y concédeme más ratos como éste. Y piensa en mí. Piensa en cómo soy, en quién te escribe con la devoción de la amante entregada en cuerpo y alma, que se desangra con cada palabra y con cada suspiro. Porque soy yo quién te escribe. No te daré datos innecesarios. Sólo imagíname. Y encuéntrate conmigo al final de estas letras. Vuela conmigo. Sueña conmigo. Quédate conmigo un instante más. Llévame contigo hasta la próxima vez. Hazme eterna.
martes, 6 de diciembre de 2016
A quién conoció lo peor de mí.
Tengo la sensación de que viviste la peor parte de mí y sólo puedo desear que me hubieras conocido ahora. No es que sea mucho mejor.., simplemente diferente a lo que encontraste entonces, de eso estoy segura. Conociste mis mayores errores, ésos que cometía a cada paso que daba, por inseguridad, por temor, por vergüenza, por mi infantilismo, por perseguir unos sueños demasiado etéreos... Conociste, si es que se pueda decir que te atrevieras a hacerlo, la más inconsistente de las versiones previas a la forma definitiva, a la oruga. Quizá me hubieras logrado comprender si hubieras visto el resultado de mi transformación. Quizá incluso me hubieras querido un poco más. ¿Quién sabe? De verdad me torturo al pensar que eso te pudo hacer huir, no aguantar hasta el final, o incluso repudiarme. Quizá y sólo quizá, de haber sido un poco paciente podrías haber encontrado las razones, los frutos de tu espera. Te hubiera regalado la visión de mi nuevo yo reflejado en una bola de cristal si eso te hubiera sido suficiente razón para quedarte. Quizá y sólo quizá tuviste que irte para que yo pudiera ser quién digo que soy. No sé si debo darte las gracias o arrancarme el corazón cada vez que te pienso.
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