jueves, 20 de noviembre de 2014
miércoles, 19 de noviembre de 2014
La sombra de su recuerdo es alargada.
Él seguía apareciendo en sus sueños como irrumpen los ecos de una canción de la infancia en una mente adulta, seria y ocupada: sin pedir permiso y poniéndolo todo patas arriba. Ella trataba de espantar su recuerdo como si de una mosca se tratara, a manotazos limpios cargados de ansiedad; aunque lo que deseaba en realidad era estirparlo de una vez por todas de su ser sin más miramientos. Pero era imposible y ella lo sabía. Desde el momento en que lo había mirado a sus ojos claros, desde el momento en que se había perdido en su sonrisa pícara, había caído sin remedio en esa trampa mortal que era su alocada y apasionada imaginación. Sabía que por más que intentara deshacerse de su recuerdo buscando en otras camas, en otros labios, lo que había imaginado ardientemente con él siempre le acababa acechando cuando bajaba la guardia al bajarse de los tacones. Siempre acababa pensando en él y aunque se embaucaba terminaba maldiciendo su sombra. Una vez, hacía ya mucho tiempo, había decidido amarlo con todas sus consecuencias, a pesar de que sabía que así estaba cometiendo el mayor error de su vida, quizá condenándose una vez más y eternamente a pender de jirones de fantasías imposibles. Pero ahora era incapaz de soportar aquella cruz que la acompañaba a todas horas. Era incapaz de mantenerse cuerda pues de tanto arrastrarse a sus brazos en sueños ya no distinguía la realidad de la ficción. Y lloraba por los rincones cuando le asaltaban sus peores pensamientos, aquellos que la hacían pensar que no valía nada y que por eso él nunca la había querido. Y trataba de ocultarlo mediante libros de autoayuda, alcohol y kilos de maquillaje. Se había propuesto sufrir sólo de puertas para adentro, martirizarse incluso como castigo personal aunque en el fondo no quería ceder en ese pulso que echaba contra sí misma cada día. Sabía que si algún día quería llegar a convivir con la sombra de su recuerdo tendría que aprender a dejarlo ir.
jueves, 18 de septiembre de 2014
miércoles, 17 de septiembre de 2014
Ahogada en el café.
Aquella estaba resultando una noche dura. Ana apuraba a base de cafés sus últimas horas rebuscando entre los apuntes y seleccionando aquello que creía podría sacarla triunfante del examen del día siguiente. Sin embargo, apenas conseguía otra cosa que no fuera desesperación. Entonces, como si se tratara de una magia rara, sin duda muy negra, empezó a empequeñecer hasta convertirse en una humana del tamaño de un lápiz muy gastado de ésos que más que escribir te ayudan a limarte las uñas con el papel. En aquel inmenso y desordenado desierto de papeles llenos de gigantescas anotaciones la chica se sintió más pequeña que nunca, más incluso que cuando salía al escenario en sus horas de teatro extraescolar. Sin otro pretexto que admirar la inmensa habitación en comparación con su diminutez, trepó a la taza de café que parecía un mar de chocolate. Al embobarse con aquellas vistas perdió el equilibrio y cayó al mar de cafeína provocando la furia de las olas que chocaban contra las paredes de porcelana. Ana nadó desesperada hasta el blanco muro. Había bebido mucho aquella noche y la superficie de la taza quedaba fuera de su alcance. La diminutiva personita que se agotaba nadando y arañando las paredes comprendió que no sería capaz de aguantar mucho más así que dejó de intentarlo y se dejó llevar con un pensamiento que nunca habría imaginado: acabaría sus días siendo los posos de su amargo café.
jueves, 11 de septiembre de 2014
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