viernes, 10 de agosto de 2012

Ayúdame.

Oh Dios mío, ¿cómo puedo ayudarle? ¿Cómo puedo hacerle ver que le quiero, que quiero ayudarle, que estoy a su lado para que juntos salgamos de ésta? Me siento incapaz, dolorosamente vencida por unos recuerdos que han echado raíces y le envuelven. No sé cómo hacerlo, no sé qué hacer. Sólo te pido que me des fuerzas para no desfallecer, para estar a su lado pase lo que pase y pueda apoyarse en mí para crecer, para liberarse, para ser feliz. Oh Dios mío, ayúdame.

jueves, 9 de agosto de 2012

La llamada.

Era la una y veinte del 9 de agosto y tenía los ojos como platos. Aquella llamada la había descuadrado por completo. Significaba que nada volvería a ser lo mismo. Marc se iba definitivamente. La abandonaba. Todo el amor, antes inquebrantable, que se habían profesado durante años era ahora un saco de vagos recuerdos y sueños rotos. Ella se consumía preguntándose qué había hecho mal, qué había cambiado para que él decidiera marcharse de aquella manera, con una simple llamada y un adios tan fugaz como el tiempo que se tarda en descolgar el auricular y que aún le martilleaba los oídos como el sonido de las agujas del reloj. Era el último recuerdo que él la regalaba. Un adios suspendido en el vacío. No había consuelo para ella. No lo habría en mucho tiempo. Tardaría en darse cuenta de que se había dejado de querer, se había llegado a odiar por haberle perdido de aquella manera. Pero un día se levantó de la cama con decisión y se miró al espejo. Habían pasado años desde aquella llamada y no era ella misma la que le devolvía la mirada a través del espejo. El cansancio y la derrota eran patentes en su rostro pero aún había un rescoldo de vida en sus pupilas. Se armó de valor y frente a su reflejo juró salir del abismo por ella.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Mi lista especial de cosas contigo.

Un sueño intenso quiero contigo, un baile que dure toda una vida, un "buenos días mi vida" todas las mañanas, una puesta de sol eterna en la arena, un millón de primeros besos interminables, un sinfín de primeras citas, tantas como quieras miradas furtivas, un te quiero que no acabemos de pronunciar, tú a cada instante,tú siempre.

martes, 7 de agosto de 2012

Una larva. Una sirenita. Un polluelo miedoso.

Hoy me siento una larva quiescente, esperando que amaine la tormenta para poder salir de mi cubierta. Todo a mi alrededor me indica que permanezca un poco más en mi escondite; sin embargo me muero por salir al exterior y vivir a la luz del sol. Soy Sirenita buscando cachivaches que me dén algo más de información de ese mundo que anhelo desde las sombras. Por eso mismo también soy carne de cañón para esos monstruos que me harían pagar un alto precio por un par de piernas. Me encuentro presa de mi ansia de volar, soy el polluelo miedoso del nido, el que teme acabar estrellado contra el suelo por hacer un mal vuelo. A pesar de todo, miro al precipicio con la única idea de sortearlo y llegar al otro lado, donde de verdad empieza el camino.

lunes, 16 de julio de 2012

La bolsa o la vida.

Lo miro y me atrapa esa inmensa tristeza que emana del que resignado espera venir la muerte. Lo veo con la cabeza gacha, la respiración pesada, los ojos cansados que ya no son de este mundo, y aferrado a la bolsa que drena la orina que poco a poco fabrican sus viejos riñones. Se ha convertido en su fiel compañera desde que le diagnosticaron aquel tumor prostático que le ha ido arrebatando la vida poco a poco. Lo miro y me petrifica esa sensación de soledad que lo invade. Quisiera poder tranquilizarle, quisiera poder apaciguar su ansiedad en vez de esa pastilla que lo adormila de esa manera tan fría con la que actúan los fármacos. Quisiera volver atrás y verlo feliz, lleno de vida, sin necesidad de cargar con esa bolsa que desde hace años le acompaña día tras día.

jueves, 12 de julio de 2012

Hoy he visto caer mis sueños.

Hoy he visto caer mis sueños sin remedio. Hoy he visto cómo los pisoteaban contra el suelo y les cortaban esas preciosas alas que les coloqué con el cariño y el mimo necesarios para que volaran alto. Hoy los he hallado moribundos. Hoy he agonizado al verlos secos y marchitos, agujereados, disparados, desmenuzándose entre mis dedos. Hoy he muerto con ellos con la esperanza de resucitar en eso que los mayores llaman tiempos mejores.

Aquí con el alma rota.

Aquí con el alma rota en pedacitos muy pequeños que sostengo entre mis manos con el semblante funesto de a quien se le arranca por la fuerza lo que con más ahínco protege, me afano en la tarea más ardua tratando de unirlos y pegarlos de manera que el resultado sea algo mínimamente parecido a lo que fue en un origen. Algo puro, virgen, inmaculado, impávido, soñador, diminuto, feliz. Pero no es fácil. Hay muchas esquirlas que han perdido su forma, es imposible reconocerlas incluso para mí, imposible devolverlas al sitio que las corresponde. Intuyendo que nada volverá a ser lo mismo, que las porciones de mi alma jamás volverán al recóndito lugar que el tiempo les adjudicó, dos lágrimas furtivas se escapan sin permiso. Esas lágrimas que se dejan salir en ocasiones muy puntuales, esas lágrimas que en su suicidio cantan el lamento de quién añora lo que se fue, lo que irremediablemente se escapó, lo que siendo celosamente guardado se escurrió por la más diminuta grieta.