viernes, 30 de octubre de 2015

Enfrentados.


De entre las sombras su criatura creció, alimentándose de los restos de su alma, hasta poder mirarlo a los ojos. De igual a igual. Dos fragmentos de un mismo ser. No se podría decir cuál era real y cuál era simplemente una silueta fantástica.

viernes, 9 de octubre de 2015

El pastor de nubes.

Todo el mundo sabía dónde estaba Gregory a esas horas. Desde que había entrado en el internado mantenía la costumbre de desaparecer. Realmente no hacía nada del otro mundo pero era consciente de que era aquella costumbre la que mantenía viva su ilusión. En aquel internado, salido de un cuento de terror, la ilusión estaba prohibida. Las historias fantásticas, las aventuras, se traficaban clandestinamente en los cuartos de baño, escritas en rollos de papel higiénico que pasaban de unos a otros a través de la rendija de la puerta verde aguamarina. Y como ocurre con todo lo que se trafica siempre hay un proveedor detrás, un camello. Por cierto, yo soy Gregory y soy camello de historias. Solía escaparme por debajo de la reja que rodeaba los alrededores del internado, hasta llegar al inmenso trigal donde me tumbaba a mirar las nubes. Nunca he sido de costumbres ostentosas, lo admito. Llevaba unos días de sequía, sin historias que contar. No esperaba encontrar en lo que me pasó mi nueva fuente de inspiración. Los chicos merecían más historias.
Cerré los ojos y al rato alguien me despertó de mi ensoñación.
-Eh muchacho! Esto es tuyo!
Alcé la mirada todavía adormilado y parpadeé para despegarme aquellas telarañas de sueño que se colgaban como pesos de los párpados cerrándome los ojillos. Aún frotándome los ojos no conseguía vislumbrar a nadie. La voz volvió a sonar pero no supe reconocer a mi interlocutor. Nervioso y torpe al fin conseguí verlo. Un hombre de cabello algodonoso tendía hacia mi un sombrero de paja.
-¿Es esto tuyo?
-Emmm... no, creo que es de Winston, pero él no suele venir por aquí...
-Bueno, así puedes dárselo de mi parte. últimamente le noto muy solo en el patio. Necesita tus historias y tu compañía. Será una buena forma de entablar conversación.
-¿Cómo sabe que..? ¿Quién es usted? ¿Nos espía?
-No hijo no. Es que desde ahí arriba se ve todo, quieras o no. Soy pastor de nubes.
-Quiere decir que...
-En fin hijo, hasta la próxima. Sigue soñando historias que contar.
El pastor ascendió como por una escalera invisible hasta perderse en la blancura celestial. Me pareció entonces que las nubes comenzaban a moverse de nuevo en una trashumancia constante.

lunes, 5 de octubre de 2015

La tinta de sus manos.

Mi hermana era un ser sagrado. Hasta ella peregrinaban muchos para conseguir inspiración pues de sus manos brotaba tinta. Al mirarla se extasiaban, creían haber visto a una diosa reencarnada. Mis padres no la veían así. Para ellos no era intocable. Habían hecho con ella el negocio del siglo. Yo no lo soportaba. Veía cómo la hacían cortes en las manos extrayendo de ella esa esencia que la recorría para llenar botecitos de tinta milagrosa para contadores de historias acabados y necios, capaces de comprarla a cualquier precio. A mí también me hicieron lo mismo, pero al no brotar de mí nada más que sangre vulgar, me desecharon. Yo debía guardar silencio y ayudarles pero me negué y lo pagaron con ella. Un día me miró suplicante y me enseñó sus manos lívidas. Algo se había muerto dentro de ella. Haciendo acopio de las pocas fuerzas que le quedaban escribió, antes de desvanecerse, un adiós en mi mano que aún no se ha borrado.

Tinta escarlata.

Hacía tiempo que se había quedado sin tinta. El estúpido de Wilson había malogrado su último tintero de un puntapié en un arrebato y la metralla había acabado con su único proveedor en aquella tierra hostil; así que no lo dudó un instante. Mojó la pluma en la sangre tibia que resbalaba viscosa por su pierna malherida y terminó de escribir su historia entre silbidos de misiles y ensordecedoras explosiones. Estaba decidido a no desperdiciar ni una sola gota de aquella tinta escarlata. Se mantenía vivo pensando firmemente que lo que acabaría con su vida sería el desangramiento, pero no el vertido sobre la tierra sino sobre un papel raído que llevaba a todas partes consigo y era su única posesión. Le gustaba imaginar que su relación con aquel papel era como la que surgiría, a base de necesidad, hambruna y terrible desesperación, entre Da Vinci y su Mona Lisa si éste la hubiera llevado clandestinamente de trinchera en trinchera y hubiera arrancado los ocres de su piel a pincelazos violentos sobre su propio cuerpo. Pero ni el gran Da Vinci habría tenido su tesón en una situación así. Lo imaginaba en un estudio, con los ojos puestos en una bella "siñorina". Pero aquí no había nada de eso y lo más parecido a una mujer era un tronco nudoso de sauce llorón de curvas sugerentes que se mantenía erguido a duras penas tras las bombas. Frente a sus ojos el campo de batalla se evaporaba poco a poco por efecto de su mente febril para dar paso a trigales inmensos, que brotaban de su corazón escarlata, que llenaban de dorado sus pupilas perdidas en la negrura, y que se ensombrecían bajo la silueta de aquel dragón de sangre que los sobrevolaba libre, rugiendo de felicidad.