sábado, 31 de agosto de 2013

Bodegón o naturaleza muerta, bien muerta, podrida.

En este rato de soledad que me brinda la vida del trasnochador me he puesto a desentrañar a lo Freud lo más oculto y oscuro de mis sueños más recientes y vívidos. Recuerdo con especial desasosiego el último de todos. En él me vislumbré abriendo desesperada una nevera llena de comida podrida. Huevos pestilentes, carne infestada de larvas, leche derramada de color pus oscuro, fruta agusanada.., mis únicos víveres echados a perder. Sin embargo, nada de aquello parecía importarme. Me quemaba sentir que me moría de hambre. Así que sin dudarlo un instante me lancé como una víbora a chupar sin miramientos aquellos asquerosos restos putrefactos. Mientras desgarraba la carne con la voracidad de un depredador en ayunas sorbía con ansiedad la clara verdosa de aquellos huevos agujereados como si fuera el manjar más apetecible. La visión de tan insalubre ágape sólo podía responder a lo podrido de mi alma. Sin duda poco queda de aquella tan cándida, inocente e imperturbable. Se ha consumido y envilecido hasta pudrirse en la miseria, ésa misma a la que me tengo que aferrar a toda costa pues es lo único que queda de mí.

miércoles, 28 de agosto de 2013

La canción de los seres sufrientes.

Ésta es la canción de los seres sufrientes
que callan lo que ven y no dicen lo que sienten.

Ésta es la canción de los seres dolientes
que caminan por el mundo con la lengua entre los dientes.

Ésta es, ya ves amigo, la canción del sufriente
que carga con su cruz de manera silente.

Aquí está otra vez la canción del que en silencio padece
que amortigua el arrastre de cadenas muy concienzudamente.

Ésta es, señores, la canción de los seres sufrientes
que por no reir, por no llorar, parecen muertos vivientes.

Ésta es la canción de los seres sufrientes
que por no dar carcajadas se ríen entre dientes.

Aquí tienen a una de ellos que les escribe vehementemente
incapaz de muchas cosas y además poco valiente.
¡Sí señores! ¡Me declaro ser sufriente!

martes, 27 de agosto de 2013

La ratona ladrona y la gata ricachona.

Esto era una gata, de estirpe singular
que acicalaba su pelaje con la lengua nada más.
Tenía una dueña que la mimaba sin parar,
dormía sobre plumas y su comida era un manjar.
La gata ricachona era rica hasta rabiar
y de todos es sabido que le gustaba acaudalar.

Pero un día a su cesto fue a parar
una ratona deslenguada y con ganas de robar,
que le quitó las joyas, durmió entre las plumas y comió de aquel manjar.
- ¡Esta rata me ha robado! Morirá de un buen zarpazo-
pensó la gata sin piedad,
y con un buen queso como trampa la cazó sin más.

Cómo lloraba la ratona suplicando de verdad
que fuera una gata buena y la dejara en libertad.
La gata quería sus joyas pero al verla tan jugosa
decidió darle ventaja, 3 segundos, ni uno más.



El amor en las cavernas.

Hoy me he sentido niña otra vez porque me he hecho varias preguntas curiosas que jamás se me habían ocurrido: ¿Se enamoraban los primeros hombres y mujeres? ¿Es el amor un sentimiento "homo sapiens"? ¿Es el sentimiento amoroso inherente al ser humano desde sus principios o ha evolucionado con nosotros? ¿Se enamoraron Adán y Eva? ¿A partir de qué momento histórico se sintió el hombre enamorado y la mujer enamorada y sintieron deseos de expresarlo?
Reflexionando he llegado a alguna que otra conclusión. Creo que podríamos decir que el amor nació cuando el hombre lo comprendió y aprendió a expresarlo de alguna forma. Al principio de los tiempos el instinto animal primaba, nadie lo discute. Era demasiado intenso el recuerdo de una vida en los árboles y descubriendo la tierra como para dar cabida a los sentimientos individuales. No éramos un yo sino un grupo y pensábamos como tal, en manada animal; por lo que, como en todas las especies, cualquier manifestación sexual tenía el único objetivo de perpetuar la genética de nuestra especie a pesar y por encima de las inclemencias naturales y de los no desarrollados sentimientos amorosos. En los tiempos de las cavernas se establecían necesariamente parejas dentro de los grupos humanos pero ¿hasta qué punto era amor aquello? Por aquel entonces no teníamos capacidad de idealizar el mundo porque demasiado teníamos con irlo descubriendo. Nuestra percepción de lo que nos rodeaba se limitaba a reaccionar y sobrevivir y poco más, no lo interpretábamos llevándolo al campo de lo racional, del logos. Curiosamente en eso consisten en resumidas cuentas muchos de nuestros sentimientos: en la idealización de instintos. No había cabida para el amor romántico y menos para el platónico porque no éramos capaces de quizá sentirlo como tal ni expresarlo, nadie se había parado a pensarlo y comunicárselo a los demás. Sin embargo, se hacían fuertes los instintos más cercanos al amor como los de protección del clan, los instintos maternales, los rituales mortuorios... Quizá cuando el hombre se empezó a preguntar por qué enterraba y lloraba a sus muertos deseándoles una vida en el más allá plena y eterna o por qué protegía a sus hijos o por qué se sentía atraído por las mujeres o por qué las agasajaba con joyas y las complacía con complejos cortejos, demostraciones de valía y fuerza, y por qué las mujeres se adornaban y engalanaban y esperaban la aparición de un hombre en sus vidas y cuando ambos comprendieron que las uniones por conveniencia no les reportaban más que sufrimiento.., quizá entonces el ser humano empezó a comprender la complejidad de los sentimientos, la complejidad del amor que había desarrollado al ser cada vez más sapiens y menos homo. Entonces, cuando los seres humanos aprendieron a sentir el amor se atrevieron a escribirlo, a cantarlo y hasta a morir por él. Incluso hemos sido testigos de cómo la propia idea del amor se ha vuelto en contra nuestra muchas veces y nos ha ahogado y torturado y aún hoy nos sentimos atrapados por esa idea confusa e idealizada que tenemos del amor romántico quizá exagerado, quizá demasiado lejano de aquel amor de las cavernas.

domingo, 25 de agosto de 2013

Su mejor sonrisa.


- Mami, no ha quedado nada – susurró con profundo pesar la pequeña Sophi a las faldas de su madre que intentaba tirar de ella evitándola detenerse frente a las ruinas del que había sido su hogar: el Estudio de Montreuil. Ella tampoco podía dejarse llevar por el abatimiento. Sabía que si miraba no podría despegar los ojos de aquel desastre y la pena la inundaría. Tenía que ser fuerte por las dos. Ya no quedaba nada para ellas en aquel lugar, no tenía sentido mirar atrás. Fueron años maravillosos, sí, de sueños e ilusión, viajes a la Luna y criaturas imposibles. Una vida sin muchas complicaciones, un mundo aparte, sin más guerras que las que Méliès llevaba en su cinematógrafo entre humanos y langostinos lunares. Pero ahora el gran genio había sido humillado y reducido a contentarse con mantener una tienducha de muñecos y sus vidas como artistas habían tocado a su fin con la Segunda Guerra Mundial y se veían perdidas. De nada servía ya la ilusión. Nadie se la devolvería. Quizá sus dotes de costurera le abrirían las puertas de algún taller de París. Sólo tenía que poner su mejor sonrisa y llamar a cada puerta con la esperanza de no tener que volver a hacerlo.

miércoles, 21 de agosto de 2013

El Secreto del Reloj.


A Marian le fascinaba bailar desde aquella vez que acudió con su hermana Christine al festival de danza para los huérfanos de Coldshire y el suelo de tablillas de madera del sótano de la casa de campo de la tía Margaret le permitía hacer piruetas sin temor a resbalarse. Aquella tarde después de la lección de piano con Thomas, el joven vecino que estudiaba en el conservatorio de la ciudad, decidió probar el tutú que tía Margaret le había comprado en la capital por su cumpleaños.

Marian se lo puso extasiada y comenzó a fantasear como si se reencarnara en la esbelta figura de la mismísima Lynn Everet, la famosa bailarina. Sus pies correteaban, saltaban movidos por una música que sólo sonaba en la cabeza de Marian y que se atrevía a tararear sólo cuando se cercioraba de que estaba totalmente sola. Entonces, justo cuando pensaba hacer un salto precioso, una tablilla que sobresalía la hizo caer estrepitosamente.

Marian se quejó, lanzando improperios impropios de una señorita de su edad y clase. Tras masajearse el pie dolorido entre maldiciones, buscó la causa de su tropiezo. Miró las tablillas y efectivamente, una de ellas se había levantado ocasionándole la caída y despertándola bruscamente de su ensoñación. Se acercó a colocarla pero seguía sin encajar, se quedaba levantada con respecto a las demás. ¿Sería a causa de que la madera estaba podrida o doblada por la humedad de aquella vieja casa de campo?

La respuesta la encontró en seguida. No encajaba esa tablilla porque había algo en su sitio que le impedía apoyarse completamente como las otras. Marian se aproximó y se agachó para mirar en la oquedad. Parecía una cajita de madera tallada cubierta de polvo centenario. La cogió con delicadeza, la examinó y finalmente la abrió. En su interior se hallaba..., ¿un guardapelo? No, Marian lo miró bien. Aquel cachivache dorado y finamente ornamentado con filigranas grabadas era un reloj antiquísimo, una auténtica reliquia, de ésas que tanto le gustaba cuidar a tía Margaret. ¿Sabría ella de su existencia? ¿Lo habría colocado ella misma ahí para que nadie supiera de la existencia y se sintiera tentado por su incalculable valor? La verdad es que aquello no tenía mucho sentido puesto que tía Margaret era una de las mujeres más ricas de la comarca y si había algo en este mundo que le gustara era regodearse de sus valiosísimos trofeos y joyas familiares. Era capaz de organizar toda una fiesta sólo para que las ricachonas de la zona chismorrearan sobre su nueva adquisición de orfebrería. ¿Por qué habría escondido entonces este reloj? ¿Acaso le había traído infortunio? ¿Estaría maldito? Todas estas preguntas corrían como torbellinos por la mente de la joven.


No tardarían en responderse todas esas preguntas.

Por suerte para Marian, nadie la oyó. La muchacha se apresuró y recogió los bártulos para ir a toda velocidad a la habitación de recreo de Christine, donde seguro la encontraría escribiendo sus relatos. Ella la ayudaría a desentrañar el secreto del reloj.

domingo, 18 de agosto de 2013

Miradas furtivas.

No puedo arrancarte de mi memoria por más que lo intente. Tu sola presencia me perturba. Sólo me queda el recuerdo imborrable del ayer y unas cuantas miradas furtivas llenas de deseo contenido.

miércoles, 14 de agosto de 2013

Verte hoy me ha devuelto la vida.

Hoy verle me ha dado la vida. Con la angustiada llamada de teléfono de esta madrugada creí que había llegado el momento que tanto temíamos, la despedida final, pero mi querido abuelo es fuerte como un roble. Ojalá me pareciera más a él. Le admiro en la misma medida que podría admirar a Einstein o Nietzche o Chaplin si fueran mis abuelos. O quizá más. No quizá no. Estoy segura de que es imposible admirar más a una persona. Y no sólo le admiro sino que le quiero con toda mi alma. No podría querer más a Nietzche o a Einstein o a Chaplin como le quiero a él. Marcelino se llama. ¡Qué gran nombre para un gran señor! Un aragonés de los pies a la cabeza, con el alma llena de ternura y en la boca siempre palabras de amor incondicional a sus hijas y a sus nietas. Doy gracias a Dios por habérmelo regalado durante los años más maravillosos de mi vida. Él la hizo mejor sin duda. Él la llenó de valores y lo sigue haciendo. Querido abuelo, eres lo mejor que me ha pasado, lo mejor que la vida ha podido regalarme. Te quiero mucho y verte hoy me ha devuelto la vida.

martes, 13 de agosto de 2013

A las 7 y un minuto.

Cada día bien temprano pongo a punto los relojes del bar. Y es que la espero impaciente. Ella es como un clavo. Todas las tardes busco la excusa perfecta para mirar por la ventana del bar en el que pierdo mi tiempo cuando no estoy estudiando Medicina. Hago como que me pongo a limpiar los vasos y enciendo el modo piloto automático y como un robot friego y seco, friego y seco, con la mirada perdida más allá de la ventana. Entonces a las 7 y un minuto mi corazón se acelera. No lo noto palpitar hasta que no llega esa hora, el resto del día está muerto. Oigo pasos. Me preparo. Mis ojos la buscan en la calle y se desesperan y ahí la veo tras el cristal. Tarda en cruzarlo 5 segundos. 5 gloriosos segundos en los que se para el tiempo y mi respiración y lo demás no importa en absoluto. Es la chica más bonita que he visto jamás y sin duda la más intrigante, siempre sumida en sus pensamientos. Todos los días siento que voy a explotar de felicidad, voy a echar a correr tras ella y la voy a besar como si no hubiera mañana. Pero no. Me quedo clavado en mi puesto una vez más, incapaz de hacer ningún movimiento. La quiero. No sé por qué pero la quiero. Y sé que un día reuniré el valor necesario para salir tras ella y entregarle cada milisegundo de mi vida.

Tú y tú.

Muchas veces apareces en mis sueños y no me queda más remedio que dejarte entrar. Te paseas por ellos a tus anchas sin importarte cómo se me acelera el corazón tras los párpados y aún con todo tengo que dejarte pasar aunque tengas la entrada restringida. No te puedo negar nada, a ti no. Consigues que sienta que me flaquean las piernas cuando te tengo cerca en ese rincón favorito de mis sueños. Consigues que todo lo que me ha costado tratar de ignorarte se haga añicos, se esfume como el humo del tabaco. Tú y tus malditos ojos azules. Tú y tu maldita sonrisa encantadora. Tú y tu admirable aire misterioso. Tú y tú y tú. Siempre tú. Qué tortura. Y qué gran tortura hacer como si nada después. Qué tortura sorprenderme siguiendo cada uno de tus movimientos y apartar la mirada para evitar a toda costa encontrarme con la tuya.

El grupo XXI.

Ellos también querían formar parte de la historia, de esa historia reservada a unos pocos, olvidada en los libros, la que surge de las proezas creativas y no de la pluma del vencedor de la guerra. La misma que se había forjado en espacios clandestinos a lo largo de los siglos. Ellos no eran menos. Eran "El grupo XXI" en referencia al siglo en el que desarrollaron toda su actividad. Aprovechaban la oscuridad y quietud de la noche cerrada para reunirse en sitios secretos para escribir, conversar de los temas más candentes, de ciencia, medicina, arquitectura.., y de los olvidados pero no menos importantes y sobre todo para hacer música, la pasión que los unía. Trabajaban con fervor y se guardaban muy mucho de hablar de sus salidas nocturnas. Cuidaban al extremo cada detalle conscientes del valor de pertenecer a ese grupo y custodiaban sus documentos y creaciones como si se tratara de mercancía ilegal que debía permanecer oculta para que no les fuera arrebatada. Buscaban nuevos conceptos, nuevos temas, nuevas armonías en clubes de todos los contienentes, componían mezclando en sus obras códigos cifrados para que se preservaran en el tiempo y fueran descifrados únicamente por aquellos que verdaderamente pudieran reconocerlos y valorar las obras en un futuro. Eran jóvenes artistas que de día tenían una apariencia muy normal, que pasaba desapercibida y de noche escribían el avance, el progreso.

lunes, 12 de agosto de 2013

El balinés.


Mi mente arrugada aún conserva nítidos recuerdos de mis espléndidos años de juventud.

Aquí sentada en un cómodo butacón con mis agujas de punto en mano tejiendo una hermosa colcha para mi nietecita me asaltan las aventuras vividas en Bali. Es curioso cómo hace mella lo vivido, cómo están impresos esos recuerdos en la memoria, intactos, igual de intensos que entonces.

Recuerdo bien aquella expedición. Por aquel entonces yo era una muchachita bien educada, de buenos modales, culta y aventurera, cosa que me habían permitido mi origen de alta cuna británica y una buena hacienda. No quise desaprovechar la oportunidad de viajar a Bali con mi padre, los hombres que lo acompañaban para estudiar el comercio y las oportunidades de negocio en esas tierras y mi anciana ama de cría.

Recuerdo aquellos parajes tan salvajes como sus gentes despojadas de todo lujo e incluso de una vestimenta apropiada. Recuerdo también cómo me impactaron sus ritos mortuorios, sus ideas primitivas, la sumisión de sus mujeres por cuya erradicación luchábamos en Occidente con uñas y dientes…

El primer contacto que tuve con un balinés fue al bajar del barco y ser recibidos por la comitiva portuaria del gobierno británico allí asentado. Entre los miembros de esa comitiva se encontraban dos traductores balineses que no entendieron por qué los demás hombres me saludaban con el mismo respeto que a mi padre. Supongo que también les sorprenderían mis ropajes, el corsé que me dificultaba la respiración, mi blusa pomposa de encaje, mi larga falda, mi elaborado tocado y mi quitasol.

Todo allí se me hizo muy duro. Echaba mucho de menos mi vida en la civilizada Inglaterra, mi hogar y las costumbres remilgadas.

Pero lo olvidé en cuanto llegamos a los “jardines selváticos”, así los llamaba mi padre pues apenas sabía pronunciar su nombre en el lenguaje nativo. La intensa humedad me sofocaba y las ropas bañadas en sudor se me pegaban al cuerpo. El moño deshecho y los mechones de pelo me agobiaban y a esa irritante sensación se sumó el murmullo incesante de los hombres de mi padre hablando de relaciones políticas y comerciales entre el Viejo Mundo y aquellas islas. Mi ama de cría se había quedado en la embajada porque a su edad y a sus achaques no les hacía ningún bien tanta humedad así que no había nadie que me prestara un mínimo de atención.

Aprovechando la distracción de los demás me escurrí entre los árboles frondosos para liberarme del corsé y encontrar alguna fuente en la que refrescarme. No tuve que andar demasiado para llegar a oír el susurro de un arroyo y de un salto de agua. Me puse en marcha hacia el origen de aquellos sonidos extremando el cuidado para no resbalarme por el musgo crecido en las rocas que salpicaban el camino y cuando me iba a deshacer del último arbusto que se interponía en mi búsqueda del agua una visión extraordinaria me paralizó.

Nunca antes había visto un cuerpo tan bello, de piel oscura. Aquel muchacho había llegado al arroyo con la intención de deshacerse de aquel calor bochornoso, como yo. Pero algo me impidió moverme de entre los arbustos. Noté cómo se encendía algo en mi interior que impedía a mis ojos despegarse de las gotas que resbalaban por su espalda desde su cabello negro como el ébano. De ese mismo color eran sus ojos en contraste con sus dientes perlados y perfectos. Nunca había visto tanta perfección al natural. Sentía las mejillas ardiendo y el pulso acelerado y de repente recordé que aquel maldito corsé no me permitía el lujo de hiperventilar ante aquel monumento balinés.

Entonces la inoportuna voz de mi padre gritando mi nombre me despertó de aquella ensoñación y también sobresaltó al balinés que me fulminó con la mirada antes de que yo desapareciera de nuevo entre la espesura.

domingo, 11 de agosto de 2013

Hoy quiero ser pirata.

Alguien cantó una vez que "la de un pirata es la vida mejor". Pues eso es lo que quiero ser hoy. Sí señor. Hoy quiero ser pirata y surcar los mares de mis sueños como si no hubiera mañana. Quiero descubrir botines y enzarzarme en luchas sin fin, perderme en bellas y peligrosas islas vírgenes y caer derrotada junto a la hoguera después de una noche de sexo y buen ron.

viernes, 9 de agosto de 2013

My reflection.

Casi siempre que me siento frente a una ventana tengo la tentación de mirar por ella para descubrir qué se ve tras el cristal pero siempre se interpone el reflejo como queriéndome mandar alguna señal o advertirme de algo. Entonces me convierto en espectadora de la vida y a menudo siento que la realidad que se proyecta en él me dice cosas que me pasan desapercibidas. Son como dos mundos paralelos que se ignoran por completo, que transcurren simultáneamente pero sin pararse a pensar en la existencia del otro. A menudo andamos por las calles mirando a través de los cristales para descubrir fantásticos escaparates pero pocas veces nos paramos a mirar el reflejo. Y entonces ocurre ese extraño fenómeno por el que nos quedamos atrapados, hipnotizados, mirando el cristal y la verdad que en él se refleja. Todo cambia cuando nos vemos reflejados en el cristal. Se nos pone cara de pez. Yo me he encontrado hoy con mi reflejo y la verdad es que no esperaba verme así. Ha sido un impacto total ver cómo aquella chica de 23 años me devolvía la mirada sentada en una cafetería perdida en sus pensamientos, cabizbaja y sin brillo en la mirada. Era un reflejo tenue, desdibujado, triste. Lo cierto es que no me recordaba así. De verdad que no. Pretendía ser una chica con expectativas y ganas de lucha pero no sé en qué me he convertido. En algún momento me ha parecido ver que mi reflejo trataba de hablar pero algo se lo impedía, quizá sus fríos labios de cristal no podían despegarse. En realidad no han hecho falta las palabras. La he entendido a las mil maravillas porque he visto mi miedo en sus ojos. Demasiado para ser un simple y tenue reflejo. Con un leve asentimiento le he prometido cambiar.

Ella.


Ella era una chica diferente. Aún recuerdo esa última mirada que me dedicó picarona en lo alto del acantilado. Me dejó helado y ardiendo a la vez. Con las ganas de tirarme al mar con el propósito de aplacar la hipertermia que me provocaba el simple hecho de mirarla. Era tan osada, tan guerrera, tan salvaje, tan única. El negro de sus ojos me envolvía y me apresaba y la curva de la medio sonrisa de sus labios me dejaba sin aliento, en coma. Fue un verano espléndido. Lleno de luz. La luz que irradiaba Ella. Nunca la olvidaré. Tengo su retrato pintado en las retinas y cada vez que cierro los ojos vuelvo a estar a su lado en aquel acantilado bañado por el sol corriendo tras ella de roca en roca y acariciando su piel morena con la fascinación de quien puede rozar con la punta de los dedos una sublime obra de arte.

Poema desesperado.

He venido haciendo cuentas
7 noches sin dormir,
quebraderos de cabeza
y algún que otro lexatín.
Y es que se acaba el verano
y Septiembre ya está ahí
y yo sigo aquí encerrada
en mi piso de Madrid.

¡Ay qué triste es esta vida!
Sólo pienso en el salir,
irme ya de vacaciones
a Gandía o por ahí.
Pero está todo tan caro
y el bolsillo así así...
que me hago ya a la idea
de un verano sin París.



jueves, 8 de agosto de 2013

Estimulante para nada.

No hay nada más frustrante que sentirse vacío.
Hay quienes encuentran estimulante empezar a escribir las páginas de un libro en blanco; sin embargo a mi me desquicia. Me da vértigo y me vuelve del revés. ¿Estimulante dicen? Estimulante para nada. De hecho, creo que tengo la mala fortuna de no hacer en mi vida otra cosa más que empezar libros sin terminarlos. Y quien dice libros dice empresas de cualquier naturaleza. Y creo que el problema está en que empiezo con la ilusión de una niña pequeña casi inconsciente y con una aparente titánica voluntad de hierro pero a mitad del camino no sé cómo pero me vacío. Sí sí. Como leéis. Así de simple. Vacía como las tetas de una prepuber. Y cuando siento ese vacío soy incapaz de reaccionar porque no hay nada dentro de mí. ¡Absolutamente nada! ¡Vacío! Y así me siento hoy. Como una ubre de una oveja en secado, como una uva pasa insulsa sin contenido: sólo pellejo.