domingo, 30 de enero de 2011

HÁBLAME DEL MAR MARINERO

Una extraña costumbre en que me inició mi querido abuelo cuando yo era pequeña consistía en cerrar los ojos sentada en la fina y cálida arena del mar para saborear cada segundo de vida que quedaba atrapado en ese momento. En cierta manera podría decir que aprendí a agarrar el tiempo entre mis dedos y a obligarlo a ralentizarse.
Sin embargo desde que el tiempo dejó de transcurrir para mi abuelo me aparté de todo aquello que me recordaba esos buenos tiempos. Me fui a vivir con mi tía a la ciudad pero la pobre no podía permitirse pagarme una buena educación; algo que yo ansiaba enormemente. Así que decidí arriesgarme y sabiendo que mi tía podía seguir ofreciéndome cobijo, a los dieciséis años empecé a trabajar como camarera en un conocido pub. Sin embargo, no conseguí hacerme con aquel ambiente y lo poco que había ahorrado no era suficiente para entrar en el mundo “académico”. Desesperada me arrojé a los brazos de la auto enseñanza. Compré todo tipo de libros para instruirme en cultura general. Empecé a escribir un diario, recuerdo la textura de sus páginas amarillentas y el sonido de la pluma rasgando el papel y viendo que la redacción no me suponía grandes esfuerzos y que podía desenvolverme con facilidad decidí lanzarme a escribir mis propios relatos. Volví a comprarme libros pero esta vez de literatura para dejarme fascinar por aquellos nuevos mundos que cobraban vida en cuanto deslizaba mis ojos entre aquella maraña de letras. Interioricé cada una de aquellas historias y logré ver aquellos mundos en mi mente con total claridad. Después di un nuevo paso introduciéndome a mi misma en aquellos parajes extraños y creando nuevas aventuras, expandiendo ese universo. Entonces después de aquellos sueños llenos de magia me lancé a escribir. Iba rápida como un rayo por miedo de que se me fueran a perder las ideas. Escribía con los ojos cerrados para así poder ver mejor cada detalle de mis personajes y de mi universo. Viajé al mar y retomé todas aquellas sensaciones olvidadas. La suave brisa marina volvía a acariciarme los hombros desnudos y a envolverme con sus finos dedos salados. Entonces me llenó una grata sensación de serenidad que me devolvió la paz que había perdido.
Llevé mis relatos a una editorial lo antes que pude. Por entonces malcomía y me estaba quedando en los huesos. Necesitaba el dinero cuanto antes. Gustaron mis historias. Tuve un nombre.

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