miércoles, 13 de junio de 2018

F8

Sus pequeños deditos jugaban a parecerse a los de su madre, incansables y precisos encajando piezas, manipulando chips y cables, fabricando complejos circuitos electrónicos, soldando chapas... Aunque tenía mucho que aprender de ella, no le faltaban interés ni chispa en la mirada y a sus siete añitos era todo un experto en mecánica espacial y naves. Su juego favorito era rebuscar entre los montones del vertedero de chatarra la pieza que su madre le encargaba y no había cosa que le hiciera más feliz que el beso que recibía en la punta de la nariz cuando regresaba de la búsqueda.

El pequeño empezaba a sospechar que a su madre no le importaba si acertaba a traer la pieza correcta porque ella siempre, siempre, le besaba.

Un día se atrevió a comprobarlo llevando una pieza que nada tenía que ver con la que ella le había pedido. Mara, que así se llamaba su madre, le soltó el besito en la nariz como si nada y entonces cuando se paró a examinar la pieza, le miró inquisitiva y juguetona y cuando él sacó de su delantal la correcta ambos se echaron a reír.

Le gustaba calcular el tiempo así, en besos. Para su octavo cumpleaños quedaban exactamente 3 y no podía reprimir su orgullo porque ya se sentía casi un adulto más y estaba más cerca de poder pilotar una nave él solito. Lo único que le preocupaba era que Mara dejara de darle besos en la nariz.

Y esa era su vida en Taller, el satélite artificial en el que vivían desde que desembarcaron del Gran Crucero sin saber cuál sería su destino, o si volverían algún día a por ellos. Habían pasado unos 8 años y seguían sin recibir noticia, ni señal de aquellos seres humanos que habían compartido la travesía espacial huyendo de un planeta Tierra enfermo.

Los habitantes de Taller trabajaban para no perder la esperanza. Algunos se afanaban en la construcción de un receptor de ondas de radio suficientemente potente y otros como Mara, fabricaban naves a partir de complicados planos. No era fácil hacerlas funcionar. Lo más complejo era cargar las baterías con aquel mineral brillante que custodiaban en el Almacén. No podían desperdiciarlo porque no sabían cuando volvería el Gran Crucero a rescatarlos. Lo que sí sabían era que los recursos escaseaban en Taller y tarde o temprano tendrían que salir al espacio exterior a por provisiones.

El pequeño Fate, o F8 como solían llamarle, contemplaba cada día aquel planeta Tierra enfermo que se aparecía gigante en el firmamento, con la única ilusión de ver con sus propios ojos los árboles sagrados de los que le hablaba su madre.

domingo, 20 de mayo de 2018

Abuelos.

Siempre me prevenían de ese tiempo sin ellos.

Querían que entendiera la ausencia, que la procesara y aprendiera a vivir con ella.
Pensaban que así me protegían de lo duro de la vida y de los efectos de la soledad involuntaria.

"Disfruta de tus abuelos que un día los perderás", me repetían unos y otros.

Lo que no imaginaban es que yo ya vivía con la angustia de que desaparecieran un buen día, sin más.
Sin pedirme siquiera permiso para irse.
Como la arena que se escurre entre los dedos.

No sabía cómo exprimir -aún más- los momentos con ellos. Que fueron muchos.

Yo andaba aterrorizada de que se volatilizaran en medio del parque de canastas o al llamar al timbre de mi puerta con la bolsa de palomitas y el paquete de chicles que compraban para mi hermana y para mí el fin de semana o al echarse la siesta o al desaparecer por una sala del Museo de Ciencias.
Pero ellos como si nada, como si no se fueran a ir jamás de mi lado. Eran felices. Eran maestros en eso de restar importancia a lo que inevitablemente llegaría con el paso de unos pocos años.

Lo daban por hecho. Lo asumieron. No lo pensaban. No sé. El caso es que no podrían haber imaginado que años después de su partida yo seguiría rota por dentro.

Trataron de prepararme.
Como si así fuera a doler menos.
Como si mentalizándome previamente en sesiones de entrenamiento intensivo fuera a lograr doblegar la angustia futura con éxito.

Y sin embargo, dolió tanto que no cabe en palabras.

El entrenamiento no fue suficiente. Fracasé.

Y a día de hoy sigo sin estar preparada para esa ausencia eterna. Aunque sonrío a menudo.
Y nunca es como te dicen ni como piensas.
Es como es al final. Como sucede. Como lo padeces. Como lo sientes. Como lo gritas. Como te duele.

Ahora vivo la nada. Una pausa gigante.

Entre cafés y recuerdos. En una vigilia inacabable.

Recordándoles saludándonos desde la ventana de la cocina hasta vernos doblar la esquina.

miércoles, 18 de abril de 2018

Se me hace extraño que vuelvas.

Había logrado convivir con la espera.., alimentándome de fantasías absurdas y pueriles para no morir de inanición sentimental.
No soy de dejarme fenecer ni de amurallarme el corazón, lo reconozco. Ni soy tampoco de perderte en los recuerdos.
Nuestros "yos" imaginarios se me rebelaban, violando la quietud de lo vivido, saltando al vacío de los pensamientos para amarse una vez más en la oscuridad. Y yo los dejaba hacer, vencida por la tentación.
Allí estábamos bien. En mi cabeza, me refiero. Mejor que bien. Allí éramos perfectos. El uno para el otro.
Podíamos rozarnos las manos y los labios sin temernos. Aunque temblábamos igual.
Casi me había acostumbrado a tu presencia onírica, como único consuelo, como pan mío de cada día.
Por eso se me hace extraño que vuelvas. Corpóreo. Sin más. Como si no te hubieras ido. Como si no hubieras estado ausente tanto tiempo.
No me atrevo a decirte nada... Te he sido infiel con tu recuerdo. ¿Debería sentirme culpable?
¿Qué quieres que te diga? Que vuelvas es una fatalidad.
¿Y si tu recuerdo te encontrara fresco en mi pensamiento? ¿Se volvería loco por verse a sí mismo? ¿Se autodestruiría?
Ahora me haces pensar qué vale más. Si tu presencia temporal o tu recuerdo eterno.
Se me hace extraño que vuelvas. Y que lo remuevas todo. Como siempre. Aunque lo admito, volver a respirarte es insuperable.

domingo, 4 de febrero de 2018

Qué malo.

Qué malo es deberse palabras, cuando lo valen todo.

Qué malo es deberse razones, cuando lo explican todo y ponen fin a la elucubración.

Qué malo es deberse un momento que nos cure a ambos. Así andamos mendigando pócimas milagrosas a otros...

Qué malo es esperar un instante contigo, que nunca llega.

Preparo discursos largos, llenos de cosas pendientes que decirte, esperando escupírtelo todo con un beso.

jueves, 1 de febrero de 2018

Isla Infancia.

Muchas veces me pierdo en mis pensamientos. Soy de ese tipo de personas que bucean a menudo por su mente e incluso hacen el muerto en el mar de su memoria y se dejan llevar por las corrientes.
La mayoría de las veces acabo en una isla en concreto. Una isla virgen, intacta, inocua, patrimonio de mi humanidad: mi infancia.
Allí muchas cosas están a salvo pero con el tiempo se han ido desfigurando. Desde hace un tiempo hay una neblina extraña de olvido, olor a desván y ha crecido la vegetación salvaje tapando la vista.
Cada vez me cuesta más llegar al corazón de mi pequeña isla. Soy una extraña en esta tierra, su humedad me satura los pulmones, me asfixia. Creo que así es como me habla la isla, mandándome señales para que la abandone. Un día viví en ella como fauna autóctona y ahora soy una especie invasora que no encaja. Duele.
Mientras estoy allí doy largos paseos admirándolo todo para recordarlo durante el viaje de vuelta, como si nunca supiera cuando podré regresar.
Desde la orilla oteo el horizonte. Reconozco que lo que veo, esos pegotes que sobresalen en el mar, me gusta aunque no puedo evitar sentir miedo ante la idea de abandonar mi querida isla. Miedo y mucha ansiedad.
En mi isla hay personas que no pueden salir de ella. Intenté, en viajes anteriores, que nadaran conmigo de regreso al continente pero no hubo manera. El mar les quemaba.
Esas personas se han ido a vivir al corazón de la isla y visitarlos supone atravesar un laberinto espinoso de una especie recia, resistente y de crecimiento vertiginoso. Cualidades de una mala hierba. Admito, a mi pesar, que lo he dejado crecer entre visita y visita y se está lignificando. No puedo nadar hasta aquí con la katana que he fabricado en el continente porque el mar la funde.
Tengo las manos llenas de arañazos tratando de llegar hasta ellos, pero es imposible avanzar. No puedo verlos. No me llega el eco de su voz. Tampoco les llegan mis gritos.
Lloro amargamente. Los echo tanto de menos.
Cuando lloro escribo mensajes en botellas y las lanzo a la deriva. Necesito un rescate que no llega. Cuando me doy cuenta de que he naufragado, acaricio la arena una última vez y vuelvo al agua. De pequeña saltaba las olas. Ahora ya no me divierte, juraría que se han vuelto más poderosas. Trato de no volver la vista atrás pero es imposible, como cuando de niña localizaba la sombrilla de mi familia, de rayas verdes y blancas, desde mi piscina de arena. Entonces me envuelve la corriente contraria y el océano me obliga a nadar con los ojos puestos en la otra orilla. Cuando llego a tierra hay gente esperándome, me ayudan a levantar, me colocan una toalla para secarme. Me preguntan, con la preocupación enmarcándoles el rostro, dónde he estado para venir tan desastrosa y derrotada. No me salen las palabras. Sólo puedo levantar la vista hacia el horizonte. La isla ha desaparecido.

Os prometo que volveré.

miércoles, 24 de enero de 2018

Pan y migajas.

No hay nada más patético que sentirse destronada de un trono que jamás te perteneció.
No hay nada más patético -se decía cada vez que se sorprendía furiosa y encelada- que desear lo que se creyó posible, aunque sólo fuera por un instante.
No hay nada más patético que desear el pan cuando sólo te caen migajas.
¿Qué cabía hacer ante aquella situación? ¿Razón y entendimiento? ¿Fuego y furia? ¿Punto y coma? ¿Corto y cierro? ¿Sal y alcohol para las heridas..?
En cualquier caso, las heridas eran de su propia cosecha. Ella solita se había marcado las entrañas con fuego. Y ahora, que se las lamía como una gatita, se lamentaba de habérselas hecho.
Alguien le había advertido de aquello, pero ella se creyó inmune. Qué error. Nadie está a salvo de las trampas del destino.
¿Debía agradecer esas migajas y aceptarlas sin rechistar para racionárselas a escondidas y vivir siempre así? ¿O rechazarlas con altanería para ir a buscar una nueva fuente de alimento?
¿No había más opciones? ¿Por qué no encontrar la forma de pegar esas migajas y hacerse un pan como unas tortas?
Nada sonaba del todo bien. Nada la reconfortaba. Sólo la autodestrucción y la culpa parecían ser el mejor refugio. Pero no quería claudicar. Sabía que las mujeres, grandes costureras, se remendaban el corazón y que aquello las hacía más fuertes. Se imaginaba a su madre, a sus amigas, a sus abuelas, a sus tías.., pasando hambre, cerrándose las heridas... Ella no sería diferente, comprendió en su soledad. Sabía que ésta era su prueba particular, una carrera de obstáculos, parte del ritual iniciático en eso de ser mujer. Por eso respiraba y pensaba, tratando de deshacer el ovillo que habían formado sus pensamientos enredados.
Quizá sólo se trataba de controlar su manera de desear... ¿Pero acaso puede desearse algo a medias? ¿O sólo un poquito?
Por definición el deseo es desmedido. Incontrolable. Y subjetivo. Su única solución es el budismo. Conocer nuestras debilidades y cortar el sentimiento de deseo antes de que se vaya a producir. Despojar al deseo de sus cualidades intrínsecas para transformarlo en lo opuesto. Algo medible, objetivo y controlable. Un enemigo neutralizable.
La voluntad está en el deseante no en lo deseado. Porque el objeto de deseo no tiene ni voz ni voto ni culpa. A no ser que sea un pan que se contonea ante nuestros ojos con aroma embriagador...
A no ser que ese pan te coma la boca. Y los sueños. En cuyo caso es un pan un poquito hijo de p...
A veces ella ha sido pan y ha comido bocas y sueños.
Y a veces, la inmensa mayoría, ha sido migajas.
Y cuando por una vez ha querido el pan con todo su ser... Ay, cuando lo ha tenido al alcance de sus dedos... Se ha tenido que tapar la boca contraria a su voluntad. Ha tenido que cerrar sus sueños.
Y así está ahora, furiosa y encelada por lo patético. Obligándose a cancelar fantasías por propia prescripción médica.
Sin duda, el destino es hijo de panadero. Un niño travieso con un pan en la mano que disfruta sádicamente al sacudirlo delante de tus narices, desprendiendo su aroma y dejándote babeando indefensa y deseante. Y cuando, pobre infeliz, alargas la mano, el niño cabrón lo retira entre carcajadas como en un juego infantil.

sábado, 6 de enero de 2018

¡Bésame, canalla!

Llévame a lo oscuro,
¡y bésame, canalla!
Que nos sorprendan los escalofríos,
que nos apremie el alba.
Atrápame en lo oscuro,
¡y ámame, canalla!
Que me envuelvan tus brazos,
que se me rebele el alma,
en este coche diminuto,
al rayar la madrugada.